Defender la dignidad


El matonismo se ha instalado en las relaciones internacionales. Desde la llegada de Trump a la Casablanca, con el Rusiagate a cuestas, la mala educación, los desplantes y las bravuconadas están centrando las relaciones del que se considera el primer país del mundo con el resto. Acabamos de tener la última prueba hace solo unas horas en Bruselas, en el encuentro con los principales líderes de UE y la OTAN. 

Encuentro que se puede resumir en una bronca, un empujón al presidente montenegrino y el acatamiento sumiso de nuestros mandarines a sus exigencias. El tiempo nos ha acostumbrado a reverenciar con frecuencia a quienes ejercen liderazgos, pero lo acontecido entre los europeos y aliados y Trump no es solo una reverencia. Es una rendición.

Trump pasó por Bruselas como pasa por la vida. Instalado en la grosería. Cada uno transita como quiere y él eligió este modelo. Lo que no debemos de soportar son las humillaciones y desplantes a los que somete a quienes nos representan. Si no fuera tan humillante resultaría hasta gracioso que un personaje tan sombrío, con una biografía repleta de sospechas y certezas, venga a darnos lecciones de comportamiento. Resultaría divertido si no fuera el tufo que deja a ofensa y caudillaje.

Por eso hay que acabar con este modelo de sumisión y sometimiento que el matón de barra está imponiendo y que nadie, por lo visto, se atreve a cortar. Porque corremos el riesgo de que pronto acabe poniéndonos de rodillas. A todos. Y eso no será solo culpa del soez Trump sino de quienes se lo consienten.

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