¿Qué te hicieron, Asturias?


Lo recuerdo bien, pese a que sucedió hace muchos años. Andaba el mundo mediando la década de los noventa y la cuenca minera había pasado de la beligerancia al estoicismo con aquello de la reconversión. En Mieres, un empresario con visión de futuro había reconvertido un antiguo pub en una extraña mezcla de sidrería y antro calimochero que hacía furor en las primeras horas de la sobremesa entre los jóvenes que, como nosotros, salíamos a quemar el fin de semana con más vocación que liquidez. Era aquél un local grande y destartalado, como un taller mecánico dispuesto para una boda gitana, y al serrín desperdigado por el suelo y los efluvios no siempre sugerentes que salían de los baños se sumaba una decoración entre lo cutre y lo kitsch que intentaba, sin conseguirlo, rendir merecido homenaje a la épica minera. Había enmarcados amplios paneles con poemas cuya autoría se omitía piadosamente, y rodeaban los textos ilustraciones de castilletes, bocaminas y hasta un retrato de Víctor Manuel, por aquello de no dejar nada en la reserva. En ese ambiente andábamos un sábado de invierno cuando de pronto, en una mesa próxima a la nuestra, dos yonquis de mirada acuosa se pusieron en pie y comenzaron a recitar, abrazados como dos hermanos que lloran juntos en el funeral de su madre, los versos que se exhibían en uno de aquellos cuadros. No consigo recordar el poema entero, a Dios gracias, pero sí el primer verso, «¿Qué te hicieron, Asturias, qué te hicieron?», y la graciosa y entregada solemnidad con que lo recitaban aquel par de desarrapados mientras sujetaban en una mano el cigarrillo y en la otra el vaso del cachi con el que muy aplicadamente entretenían las horas. «¿Qué te hicieron, Asturias, qué te hicieron?», repetían con lengua de mantequilla y ojos líquidos mientras a su alrededor la vida se detenía para presenciar su espectáculo a dos voces. Han transcurrido un par de décadas, pero a menudo, siempre que alguien se embarca en discusiones bizantinas sobre el futuro de Asturias, o recurre a la manida y casposa retórica covadonguista, o intenta encubrir sus torpezas con discursos de ciencia-ficción que inevitablemente desmiente su propia cobardía, yo recuerdo a aquellos dos yonquis del Mieres de mi juventud, a los que no volví a ver y cuyo paradero ignoro, y aquella pregunta delegada que salía de sus gargantas llenas de grietas. «¿Qué te hicieron, Asturias, qué te hicieron?». Decía el pianista Oscar Levant que envidiaba a los bebedores porque ellos siempre tenían a quién echar la culpa de todo. Concepción Arenal también dijo algo al respecto que, me temo, viene mucho más al caso: «Cuando la culpa es de todos, la culpa no es de nadie.»

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