El momento más grave de Cataluña


Los trenes han salido de sus respectivas estaciones. El de la estación de Sant Jaume lleva un frontal que dice: «Destino, el referendo». El de la estación de la Moncloa lleva otro que proclama: «Destino, la legalidad». En el primero hay varios conductores, que se llaman Puigdemont, Junqueras y la CUP asamblearia, que saludan desde la ventanilla con un aviso a los pasajeros: «No hay marcha atrás y lo demostraremos con el compromiso de fecha y pregunta». En el segundo, un solo conductor endurecido, llamado Rajoy, y ayer mandó a Soraya Sáenz de Santamaría a solemnizar la gravedad del momento. Cuenta desde ayer con el apoyo del renovado líder Pedro Sánchez, en la acción más inteligente de su todavía naciente mandato. Como los trenes sigan así, es inevitable el choque. «Rumbo de colisión», profetizó hace tiempo el señor Artur Mas.

El momento, como digo, es de máxima gravedad. Si no fuese así, no habría salido la señora Sáenz de Santamaría a poner una nota de dramatismo, pero también de seguridad, ante el desarrollo del proceso. Los independentistas aceleran porque las últimas encuestas indican que sus seguidores están en descenso y quieren frenar la caída. El Gobierno se endurece porque el cruce de cartas entre Puigdemont y Rajoy puso fin a la posibilidad de cualquier diálogo. Ya lo sabíamos, pero la fuerza de los hechos demostró que no hay negociación posible ni la habrá mientras el independentismo no quiera hablar de otra cosa, por mucho que el nacionalismo vasco les muestre un camino más rentable. La palabra república los enardece. La expresión «república catalana independiente» los sitúa en la cima del mito que han acariciado. «No quiero presidir la comunidad autónoma de Cataluña», dijo Oriol Junqueras, «quiero presidir la República Catalana Independiente».

Ganará el Estado, pero la batalla va a ser muy dura. Nadie descarta nada: ni que el Gobierno central asuma competencias temporales, ni que tenga que haber una actuación contundente de la Justicia sobre los funcionarios, ni que el proceso pase de la actual fase discursiva al conflicto en la calle con las movilizaciones que el independentismo ha demostrado que sabe promover. Que nadie espere una solución rápida ni contundente. Viene un tiempo largo de crisis territorial y posiblemente institucional. Entraremos en un período tenso, en que se repetirá el conocido juego de acción-reacción-acción. Es decir, acciones legales que tropezarán con la desobediencia, que a su vez provocará nuevas acciones legales. Lo único importante, una vez que los trenes han salido, es que no se cometan errores, porque el independentismo no se acaba con una victoria provisional del Estado. Y no nos engañemos: todo puede empeorar.

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