Pásame con Roger Stone


Dicen de él que es el Forrest Gump siniestro de la política estadounidense. A él le encanta que lo presenten como el príncipe de las tinieblas. Es un señor bronceado, de pelo blanco, que viste americanas estrafalarias y sufre ataques de incontinencia verbal entre Martini y Martini. Pero descubrió antes que nadie la posverdad. Él mismo cuenta que un día, en el colegio, los profesores organizaron un simulacro electoral. Los niños tenían que elegir entre Kennedy y Nixon. El pequeño politólogo quería que ganara el demócrata. Y soltó un rumor en el comedor: con Nixon habría colegio todos los sábados. Arrasó Kennedy. Antes de ser adulto, Roger Stone comprobó «el valor de la desinformación». Y aplicó lo aprendido durante el resto de su vida. Cuentan que, antes de él, los políticos americanos eran considerados «hombres de bien». Con Stone se fue normalizando el juego sucio. Fue la persona más joven que tuvo que declarar ante el gran jurado en el caso Watergate. Participó en la campaña de Ronald Reagan. Montó un espectáculo para paralizar el recuento de las papeletas mariposa de Florida y asegurar el triunfo de Bush hijo. Y regresó en las últimas presidenciales con camisetas que acusaban a Bill Clinton de violación y con pancartas que exigían la cárcel para Hillary. Ha ido enriqueciendo su estrategia con nuevos principios. «La gente no sofisticada no distingue entre política y entretenimiento». «Atacar, atacar, atacar; nunca defender». Presume de haber ayudado a crear a Trump. De haber sido un parásito del sistema para presentarse más tarde como la dinamita necesaria para volar la estructura del orden establecido. Su historia está en el documental Pásame con Roger Stone, de Netflix. El género, terror.

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