Rajoy, los jueces, el circo y la verdad


Veremos al presidente Rajoy declarando en persona como testigo en el caso Gürtel, primera fase (1999-2005). Declarar como testigo supone que no puede mentir, cosa que no esperamos de un presidente de Gobierno. Hacerlo en persona y no por videoconferencia, como era su deseo, llena de satisfacción a quienes desean su foto ante un tribunal y, si pudiera ser haciendo el paseíllo, mucho mejor para las manipulaciones. A este cronista solo le alegra la personación de Rajoy por algo ya comentado en esta columna: la pobreza del argumento de que ir de la Moncloa al juzgado de San Fernando de Henares supondría una gran movilización de recursos públicos. Es decir, que se defendía la videoconferencia por ahorrar unos eurillos. Sencillamente ridículo.

A los equipos jurídicos de la Moncloa les faltó finura. Manca fineza, que decía aquel político italiano. Alguna vez nuestra clase política aprenderá a argumentar con sinceridad que el presidente, sea quien sea y del partido político que sea, puede y debe declarar desde su despacho por multitud de razones si no está imputado: porque lo permite la tecnología; porque se supone que dirá lo mismo en presencia física o a distancia y lo importante es qué declara, no el espectáculo; porque se ofrece esa posibilidad a otras personalidades de menos relevancia institucional; porque, como objeta uno de los magistrados, su presencia se presta a todo tipo de usos políticos y mediáticos; o porque esos usos con fines partidistas pueden perjudicar el prestigio de España, que tanto dicen los patriotas recientes.

La mayoría del tribunal no lo entiende así y habrá que aceptarlo. Esperemos que, efectivamente, se adopten «cuantas medidas sean necesarias para preservar su imagen institucional», como se anuncia en el auto. Por ejemplo, que no aparezcan en la misma imagen Bárcenas o Correa; que las preguntas de las acusaciones se atengan a los hechos y a los tiempos en que se produjeron esos hechos, no se conviertan en un mitin, y que aquello no tome la forma de un circo donde parezca que Mariano Rajoy está allí como procesado o como el símbolo de la corrupción. Eso ya lo dirán la oposición y algunos medios. Eso ya lo están diciendo dirigentes de Podemos que hablan de «vergüenza internacional».

De vergüenza internacional, nada. Espero que quede algo de sentido común para resaltar por lo menos otra evidencia: cuando un tribunal desatiende las razones del poder político y obliga a su máximo representante a acudir a una sede judicial contra sus deseos, nadie podrá hablar de Justicia y de jueces sometidos al partido gobernante. La cuestión es otra. La cuestión es que el señor Rajoy, que no puede mentir, confesará todo lo que sabe; es decir, toda la verdad.

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