La Administración y la guerra del taxi


Este cronista pertenece a una generación en que sus padres hablaban todavía del «coche de punto». Cuando tuvo unas monedas, había dos clases de coches de alquiler con chófer: el taxi propiamente dicho y el «gran turismo» que, como su nombre indica, era automóvil de celebración y gente bien. Y hace algo más de dos años se produjo la revolución: aparecieron las plataformas digitales, se crearon Uber y Cabify y fue el acabose. Igual que los medios informativos tradicionales se empezaron a preguntar si sobrevivirían a los de Internet, los libros de papel empezaron a ser sustituidos por los e-books, los taxis tradicionales vieron caer sobre ellos una amenaza de muerte. 

Como se habla de muerte, en guerra a muerte se ha convertido la guerra entre los dos sectores. Los clásicos taxistas quieren a los nuevos competidores fuera del mercado, aunque ahora se conforman con que no haya nuevas licencias. Y los nuevos competidores sueñan con implantarse como señores de ese tipo de transporte. El debate que se vio este martes en las televisiones entre ambos ha sido una sucesión de acusaciones de delitos de todo tipo: de fraude fiscal, de abuso o inseguridad de los clientes, de comportamientos mafiosos o de explotación laboral. Si ambos tienen trapos sucios, ese día se expusieron con crudeza nunca vista, mientras los taxistas hacían huelga y colapsaban la ciudad de Madrid y los Cabify no se atrevían a salir por miedo a ser apedreados.

El conflicto no es menor, porque casi 70.000 profesionales del taxi han visto reducidos sus ingresos ahora que se habla de recuperación. Está en juego su derecho a la supervivencia y a recuperar lo invertido, pero también el derecho de otras empresas a salir al mercado y el derecho de los ciudadanos a beneficiarse de la competencia.

¿Y las Administraciones Públicas qué han hecho desde que estalló la guerra? Quedarse de mirones. No se han molestado ni en mirar las condiciones de desigualdad en que compiten los dos sectores, con claros perjuicios para los taxistas. Se aumentó esa desigualdad porque los nuevos pueden trabajar en toda la geografía nacional, mientras el taxi está limitado a una demarcación municipal. No supieron promover un debate de por qué Uber y Cabify crecen de forma espectacular, que podría ser la gran lección para el taxista no modernizado. Dejaron que su ira fuese creciendo al ver su desamparo y el menosprecio a sus derechos adquiridos. Dejaron que se produjeran actos de violencia contra coches que habían llegado a la Feria de Sevilla desde otras localidades. Esperaron que el tiempo y el desgaste resolvieran los problemas y los enconaron. Y ahora esperan que el Tribunal Europeo de Justicia les saque las castañas del fuego.

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