Si no fue corrupción, fue candidez


Punto primero: si por el Gobierno fuese, don Manuel Moix seguiría siendo fiscal anticorrupción. El presidente Rajoy, sin duda en un momento de debilidad, dijo que tenía su confianza y la vicepresidenta Sáenz de Santamaría aseguró que el gabinete no tiene nada que decir sobre un señor que depende de la Fiscalía General del Estado. Se marcaron distancias con el árbol caído, pero ningún gobernante, ni siquiera el ministro de Justicia, quiso ser visto con el hacha. 

Punto segundo: si por el fiscal general del Estado fuese, don Manuel Moix también seguiría en su puesto. El señor Maza lo dijo con claridad meridiana, incluso escandalosa: Manuel Moix tiene sus papeles en regla, cumplió con Hacienda, es un excelente profesional, le pidió que continuase, pero Manuel Moix insistió en marcharse y no puede obligarle a seguir; no puede forzarle, vino a decir en unas palabras entre complacientes y generosas con una cabeza cortada. Así que, con todo dolor de corazón, le dejó marcharse «por razones personales».

Punto tercero: a pesar de todo, don Manuel Moix se levantó ayer con la decisión tomada. Y se fue. En los tres meses que duró no tuvo un día tranquilo: apareció en unas embarazosas grabaciones del caso Lezo, se le acusó de intentar parar algún registro el día de la gran redada de los González y compañía, se le rebelaron los fiscales a sus órdenes, fue reprobado por el Congreso y se le aplicó el finiquito con la dichosa participación en la sociedad familiar en Panamá. Vistas las actitudes de los gobernantes y de su inmediato superior, se puede obtener la conclusión de que fue cesado por la opinión pública. Si hubiese que buscar un responsable de su marcha, no se busque en la autoridad superior; búsquese en el clamor que se levantó contra su persona. Si hubiese que hablar de alguna victoria, habría que hablar de victoria de la sociedad.

Y punto cuarto: es seguro que Moix es un buen fiscal; así lo aseguran los especialistas que han seguido su biografía profesional, incluso en el Supremo. Es posible también, si damos crédito al fiscal general, que el señor Moix no haya cometido ninguna ilegalidad. Si ha declarado a Hacienda su participación en esa sociedad y pagó los impuestos correspondientes, legalmente no se le puede exigir más. Pero no tuvo presente a la mujer del César y cometió un error de principiante: o no leyó los periódicos el día que dimitió el ministro Soria, o desconoce la sensibilidad que levantan las sociedades offshore. No supo que el fiscal anticorrupción no puede ser dueño de algo que el pueblo identifica con corrupción. El señor Moix no tuvo que irse por corrupto, que no lo es. Tuvo que irse por ingenuo, por cándido. En la radio he dicho «por tonto».

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Si no fue corrupción, fue candidez