Qatar


Parece que fue hace un siglo. Pero sucedió hace solo seis años. Marta Ferrusola todavía no había colgado los hábitos. Entonces aún se lanzaban encíclicas desde ese Palmar de Troya que habían levantado los Pujol. A un secretario de Estado se le ocurrió decir que la camiseta del Barcelona sería un gran escaparate para promocionar España. Y Ferrusola, abogada de pleitos ricos, aparcó por un momento el trasiego de misales para decir que le parecería «horroroso». Sin embargo, aprobaba que la sagrada elástica azulgrana luciera otro nombre, el de Qatar. Cobra bien y no mires de quién. Hubo catalanes que le respondieron a la matriarca que tenía suerte de vivir en un país tan horroroso que le permitía expresarse con libertad, porque en territorio catarí otro gallo cantaría.

Qatar ahora ha caído en desgracia. El vecino más rico del Golfo se queda solo. Los países de su entorno acusan a sus autoridades de financiar a extremistas. Cuentan que la gota que colmó el vaso fue el pago de cientos de millones de dólares para rescatar a miembros de la familia real que disfrutaban de unas jornadas de cetrería en Irak. Al parecer, parte del botín fue a parar a una filial de Al Qaida. No dejan de ser irónicas las acusaciones de Arabia Saudí, que con sus petrodólares ha exportado una visión radical y distorsionada del islam. Suyo es el credo. Las grandes masacres y la estigmatización, para otros. Pero es cierto que la sombra del yihadismo también ha oscurecido los dorados de Qatar. Y una buena oveja negra siempre conviene cuando se mira con recelo al rebaño. El pequeño emirato volaba por su cuenta, a lomos del gas. Rompía la hermandad, era el hijo descarriado. No es el único que ha jugado con fuego. Lo de arder, como bien sabe Ferrusola, ya es otra cosa.

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