El entrenador independentista


«Todo puede admitirse, señores, excepto la inconsecuencia». Así se pronunciaba en la Asamblea Nacional francesa de 1789 el marqués de Mirabeau, uno de los más brillantes oradores de aquel mítico parlamento del que surgió la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano y la Constitución francesa de 1791. La frase conserva a día de hoy una validez plena para aplicarla a casos como el del Pep Guardiola, en endiosado entrenador que ha dado públicas y notorias muestras de apoyo al proceso independentista catalán.

Obviamente, Guardiola es libre de asumir los planteamientos políticos que quiera, sabedor, además, de que sus palabras alcanzan un relieve mediático superior al de la mayoría de políticos, porque el futbol es el «pan y circo» de la ciudadanía española, y en ese sentido, el actual entrenador del Manchester City (espero no equivocarme, que no soy aficionado al fútbol) es un perfecto fichaje para los independentistas.

Guardiola sabrá mucho de fútbol, pero hasta que no se lea a Hans Kelsen, Norberto Bobbio o Giovanni Sartori, quizás debería ser más prudente a la hora de darnos a todos lecciones de lo que es o deja de ser la democracia. Sus palabras son, simplemente, un alegato hacia la ilegalidad, un llamamiento a que los catalanes incumplan la Constitución y vulneren el Estado de Derecho. Pero, más allá de esta circunstancia (fruto de que sabe de fútbol, pero de poco más), espoleado por el público asistente, y envalentonado, ha llegado a tildar al Estado español de «autoritario». Lo que significa que, igual que no sabe lo que es la democracia, desconoce qué entraña un Estado autoritario. Quizás debería pasar una temporada entrenando a un equipo de Corea del Norte para que se baje de la burra.

Que yo sepa, nadie ha impedido al ínclito entrenador que por su boca salgan todas estas sandeces. ¿Por qué? Porque en ese Estado que él denomina autoritario existe libertad de expresión, lo que le habilita a exponer sus ideas públicamente sin consecuencias penales. Que intente lo mismo en China, donde los activistas políticos son recluidos, aunque seguro que allí no tiene el mismo coraje. Pero, volvamos a lo de la inconsecuencia. Ahora Guardiola es independentista. ¿Por qué, entonces, vistió la camiseta de la selección española, es decir, de un Estado autoritario? ¡Qué hipócrita! Sería, supongo, por dinero… (entonces, aparte de hipócrita es venal). Tampoco le importó mucho que el Barça portase como publicidad el logotipo de Qatar Airways. Qatar, un país en el que no se respetan los derechos fundamentales, sobre todo la libertad religiosa y los derechos de las mujeres. Un país acusado de forma reiterada, por si fuera poco, de promover el terrorismo de ISIS, y gobernado por una monarquía absoluta.

¡Cuánta hipocresía, señor Guardiola! Se le ve el plumero. En este sentido, he oído decir a algún tertuliano que al menos el ínclito entrenador había demostrado un enorme coraje al exponer sus ideas. Discrepo totalmente. La suya es la postura fácil. Se arrima al sol que más calienta. Sabedor de que su vida deportiva acabará de un momento a otro en el Barça, lo mejor es sumarse a la corriente que ahora mete más ruido. Y, por supuesto, también se es más corajudo cuando se tiene la cuenta bancaria bien llena.

En realidad, lo valiente en Cataluña es ahora justo lo contrario. Nadar contra corriente y hacer frente al desafío soberanista. O, al menos, hablar con la prudencia con la que lo hace Pau Gasol. Él sí es un modelo de cordura, muy a pesar de los independentistas.

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