Seguridad en el paseo del Muro


Ocurre que a veces la exigencia de responsabilidad acaba recayendo únicamente sobre los hombros de la persona que tiene un problema. Olvidamos que los problemas se suelen desencadenar a partir de un proceso y que no es justo centrar la responsabilidad en el último eslabón que suele ser el más débil.

El mes pasado un niño de dos años se precipitó desde el paseo del Muro de San Lorenzo al colarse entre los barrotes de la barandilla y cayó sobre el contrafuerte. Una caída de tres metros y medio que le dejó inconsciente mientras su madre, presa del pánico, se lanzó tras él por el mismo hueco para socorrerle. La barandilla, que en su momento cumplía con la legislación vigente, mantiene una distancia excesiva entre los barrotes  que no se hubiera aprobado según la legislación actual.

Después de la preocupación generalizada por el estado del menor y tras conocerse su recuperación, sorprende la rapidez con la que hemos aceptado que el ayuntamiento no intervenga para prevenir en el futuro una situación parecida y la resignación con la que asumimos la idea de que «estas cosas pasan», «hay que mirar por dónde se va» y «tener cuidado».

La precaución, por supuesto, es un valor que nadie cuestiona. Nadie niega la necesidad de actuar de modo responsable para que las cosas nos salgan más o menos medio bien. Pero si los accidentes son inevitables significa que nos puede pasar a cualquiera. ¿Cómo nos protegemos por muy responsables que seamos frente al azar, la mala suerte o el error humano? Frente a esos 2 segundos que son suficientes para que tu hijo se caiga por una barandilla ¿cuánto tiempo y cuántos medios tiene el ayuntamiento para evitarlo? ¿No es más coherente solidarizarse previamente con las desgracias impidiendo que sucedan a lamentarse después? ¿Reconocer la importancia de la precaución personal está reñido con exigir medidas de prevención? Precisamente para hablar de responsabilidad hay que hacerlo de manera justa y trasladar la misma exigencia a todos los actores que pueden evitar que algo ocurra. Para las instituciones como para las personas es igual de censurable no asumir las propias cargas.

Un ayuntamiento tiene el deber de planificar y vigilar que las estructuras de los espacios públicos sean seguras, así como de corregir una irregularidad cuando la observa, incluso aunque la ley no obligue. No resulta ético construir ni mantener entornos que puedan entrañar peligro ni mucho menos hacerlo a sabiendas de que ese peligro existe. Sobre todo cuando la prevención puede aplicarse dentro de márgenes racionales y razonables. Entiendo que no existe un obstáculo económico insalvable para mejorar la seguridad del paseo (instalando por ejemplo una red en la parte baja de la barandilla) cuando el motivo que se adujo fue estético, porque desvirtuaría el paseo.

¿Desde cuándo la estética es un criterio más importante que la ética? La seguridad de los espacios que compartimos nos beneficia a todos y a todas, no sólo a una posible víctima ni a su familia ni a las personas que pasean por el muro habitualmente. Nos beneficia como sociedad promover lo correcto, y el urbanismo debe priorizar la seguridad. Hacerlo significa dotarnos de espacios que generen confianza, poner en valor la solidaridad, la inclusión, el cuidado mutuo, y a las personas a nivel particular.

El diseño de las ciudades debe ordenarse en torno a un mensaje consecuente con los valores por los que queremos regirnos como sociedad responsable. Y es el ayuntamiento en primer lugar quien tiene que dar ejemplo y abanderar estos valores con coherencia.

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