La obsesión


Si Alfred Hitchcock viviera e hiciera una película sobre la política española, ya tendría protagonista y título. El protagonista sería Carles Puigdemont y el título, Obsesión. No tendría que rodar casi nada: encontraría abundante material en los archivos, en los discursos del molt honorable president. Si después de hacerlo sabe esperar algún tiempo, el mismo actor principal le daría el desenlace. Y es que el señor Puigdemont es un caso clínico de obsesión enfermiza. Tan enfermiza, que no hay acto público en el que no haga una referencia al procés en que se ha metido. Si está en una exhibición de castellers, aprovechará para comparar ese prodigio humano con la construcción del nuevo Estado catalán. Si va al fútbol, es para soñar con un equipo que arrincona al equipo adversario, que es el estatal español, hasta derrotarlo por goleada. Si está en una exposición de coches, compara los avances en velocidad con la rapidez con que se construye la independencia. Eso es obsesión.

 Pero el no va más se produjo este lunes cuando, en otro acto público, hizo una insólita comparación entre el proceso que lidera y la victoria de la sociedad sobre el terrorismo de ETA. Se había celebrado un homenaje a las víctimas del atentado de Hipercor, en el 30.º aniversario de aquella matanza. Y se nota que, mientras veía cómo se recordaba aquel triste día, mientras conocía los emocionantes testimonios que guarda la memoria, se le presentó la obsesión: «Dilo ahora, Carles, dilo ya». Y no se paró en barras. No tuvo presentes los sentimientos de nadie. Surgió Puigdemont El Empecinado. Su antecesor Jordi Pujol podrá ser lo que sea, pero al menos sabía distinguir los tiempos y decir: «Ahora no toca». El lunes no tocaba, pero Puigdemont tenía la palabra, había cámaras y tuvo la insolencia de mezclar terrorismo y aspiración nacional.

Todo esto no tendría más importancia que la anécdota de una insolencia, si no fuese por algún detalle. Si un presidente trabaja obsesionado por una idea, buena o mala, acaba poniendo a su Gobierno y a su país al servicio de esa obsesión. No le hablen de cuestiones económicas, ni de necesidades sociales, ni siquiera de sentimientos, porque él está ahí para dar salida a su obsesión. Si ese presidente considera que su paso a la historia no depende de su éxito, ni del mérito de ganar unas elecciones, no es el caso de Puigdemont, porque las tiene perdidas y necesita un acontecimiento superior que salve su cara y su dignidad. Y si un presidente concibió un referendo como método para cumplir con su obsesión, abandonad toda esperanza: llegará a ese referendo aunque sea en camilla y jamás renunciará a convocarlo y celebrarlo aunque sea esposado por la Guardia Civil.

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