Todos tienen un Messi en casa


La semana pasada leía la noticia de que un club de fútbol había destituido al entrenador de la categoría alevín después de que su equipo hubiese ganado por veinticinco goles a cero a un rival. Los gestores del club entendieron que se trataba de una humillación intolerable que no enseñaba a los niños a respetar al rival.

Hasta aquí la noticia. Me dio, sin embargo, por leer los comentarios de los lectores y mi estupefacción resultó mayúscula. Prácticamente todos eran unánimes en defender al entrenador con argumentos tales como: «al rival se le respeta jugando siempre al cien por cien», «no se puede destituir a alguien por ser bueno; ha hecho su trabajo a la perfección», «con este tipo de medidas sólo se fomenta la mediocridad» o, en fin, «al que tenían que despedir es al entrenador de un equipo que es tan malo que recibe veinticinco goles; si no sabe, para qué se mete…».

Debo de ser un tanto raro, porque soy de los que, muy al contrario, opinan que es inadmisible que los entrenadores permitan que sus propios equipos aplasten a rivales manifiestamente inferiores. Pueden, y deben, ganar por diferencias que muestren su calidad, pero de ahí a ridiculizar al rival hay un trecho. Los argumentos antes referidos son fácilmente reversibles. No es cierto que jugar con intensidad hasta el último minuto, incluso cuando se está machacando al rival, sea una forma de respeto. Si fuese así, cuando un boxeador está castigando a su contrincante el árbitro debiera dejar que continuase hasta que el débil rival se desplomase inconsciente, o peor…

La defensa de las palizas a oponentes deportivos curiosamente casi no se encuentra defendido más que entre los fanáticos del fútbol; los mismos que escenifican vergonzosas imágenes de papás y mamás peleándose o acosando al árbitro. En muchas federaciones de baloncesto y balonmano, sin embargo, hace tiempo ya que se fija un límite de puntos o goles, respectivamente, que un equipo puede obtener de renta respecto de otro, al menos hasta las categorías infantiles. Y prácticamente nadie discute esa medida sino que se considera proporcionada.

Cuando un equipo de niños golea a otro, y ha demostrado su superioridad absoluta, ver un marcador de 25-0 es humillante para el equipo perdedor. Simple y llanamente. Los papás fanáticos podrán decir lo que quieran, pero es así. El equipo perdedor ya sabe que lo han apalizado, ¿hace falta que luego vean en los resultados de la jornada que lo han hecho por una diferencia de goles apabullante? En ocasiones, además, el equipo superior resulta espoleado por su entrenador-encefalograma-plano para que continúen presionando al rival hasta el último minuto.

¡Son niños! ¡Niños! Y quien no vea en las palizas deportivas una humillación debería leer un tratado de psicología infantil. Si llamo a mi hijo torpe a diario, acabará por creérselo; si ridiculizo a mi hijo constantemente, se sentirá un ser inferior; si le humillo en el campo, acabará considerándose un fracasado. ¡Afán de superación! ¡Qué risa! ¿Qué afán de superarse va a tener un niño que ve cómo los rivales le aplastan de manera inmisericorde? Yo he visto a niños salir literalmente llorando de una cancha por sentirse avasallados por los contrarios, que no les dejaban ni tocar el balón, y no me parece que sea algo de lo que sentirse orgullosos. «¡Que aprendan! ¡Eso forja carácter!» dirán los papás (porque el 90% son papás, y no mamás) futbol-fanáticos. Me gustaría ver si cuando tienen al jefe encima de ellos, llamándoles inútiles, agobiándolos a trabajo, obligándoles a que hagan horas extras no remuneradas, también ellos entienden que se les está «forjando carácter» para que sean más esforzados y competentes.

Desde luego, el problema no está sólo en los progenitores, sino también en una plétora de entrenadores-fracasados que no tendrían que estar entrenando a niños. Porque en esas edades, el entrenamiento debe serlo también en valores; ha de tener un contenido educativo, y muchos de los responsables de equipos tienen la misma psicología para tratar con niños que una rata de laboratorio. Gritar, insultar,  acosar a los árbitros, no dar ni un minuto de juego a los niños menos hábiles… ése es su patético ejemplo a menores de edad. Claro que es el mismo ejemplo que ofrecen los jugadores profesionales: quién no ha visto a niños de corta edad tirándose por el suelo mientras se agarran teatralmente la espinilla ante cualquier mínimo encontronazo, o escupiendo el campo, como cualquiera de sus ídolos que parece que en vez de boca tienen aspersores (los campos de fútbol deben tener tantos gérmenes que una lagartija que los atravesase bien podría llegar a convertirse en Godzilla).

Quienes defienden las goleadas, las humillaciones en definitiva, son aquellos padres tan abundantes que creen que tienen un Messi en casa. Padres frustrados, que compensan algún trauma deportivo infantil proyectándolo sobre sus retoños. En términos constitucionales yo al menos lo tengo bastante claro. Nuestra Constitución proclama la dignidad de la persona y el libre desarrollo de su personalidad como valores superiores del ordenamiento (art. 10.1) y obliga a los poderse públicos a dispensar a los niños la tutela que deriva de los tratados internacionales sobre la infancia (art. 39.4 CE). La Convención de los Derechos del Niño (20 de noviembre de 1989), por su parte, impone a los padres adoptar las medidas pertinentes para el desarrollo del menor (art. 18) e insta a los Estados a aprobar disposiciones destinadas a proteger a la infancia contra cualquier abuso, incluido el mental (art. 19). Si tenemos presente que entre niños el deporte debe tener un sentido educativo (así lo dice también la Ley 10/1990, del Deporte), no puede desconocerse que toda la formación del menor de edad ha de ir orientada a «preparar al niño para asumir una vida responsable», con «espíritu de comprensión» (art. 29) y al respeto de los valores democráticos (que incluye la tolerancia y el respeto, art. 27 CE).

El deporte ha de servir al niño, pues, para formarse físicamente, pero también en valores. Todo lo demás es fanatismo.

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