Pedro y Pablo, juego de pillos

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Interesante el juego que se traen Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Creo que no va a cambiar la historia del país; ni siquiera servirá para algún cambio en la política nacional, pero proclamará al vencedor en el torneo de la astucia. Ambos buscan lo mismo: hacerse con el liderazgo de la oposición; el liderazgo reconocido socialmente, no el parlamentario, que le corresponde al PSOE por número de escaños. Con el fin de lograr ese liderazgo social hizo Iglesias su moción de censura. Con el fin de arrebatárselo y robarle de paso algunos votos, Sánchez asumió el eslogan que reclama la izquierda para el PSOE, que es como decirle a Podemos: «Quita tus manos de mi plato».

 Va a ser todo muy entretenido. Ya lo está siendo. Es un espectáculo contemplar cómo el PSOE ha cambiado su posición sobre el Tratado de Libre Comercio con Canadá en tiempo récord: en menos de dos días. Parece como si sacara el dedo por la ventana a ver cómo viene el viento, ve la oposición de Podemos y de los sindicatos UGT y Comisiones y exclama: «¡Uy, van a pensar que somos de derechas!», y se opone al tratado por considerarlo ultraliberal y algunas herejías más. Si ahora alguien le dice que piensa lo mismo que Trump -ya se lo dijo el ministro de Asuntos Exteriores-, que a nadie le extrañe que termine votando a favor o absteniéndose, que lo hace centrista, pero no conservador.

El otro paso está siendo la llamada mesa por el cambio, a la que convoca a Podemos y a Ciudadanos. No se le augura un gran éxito, pero lanza al electorado de izquierdas la idea de echar a Rajoy lo antes posible, no sea que Pedro Sánchez se quede como un señor que permite que Rajoy siga campando a sus anchas, frente a un Iglesias que mantiene el monopolio anti-Rajoy y quiere ser el nuevo símbolo del «no es no». La opinión publicada observa los movimientos con curiosidad, y Sánchez debe tener cuidado: en la prensa se empieza a decir que se ha vuelto a «podemizar».

Por el otro lado, observen cómo juega Pablo Iglesias: al tener la ventaja de ser diputado, se para en los pasillos para hablar con los periodistas; como labia no le falta, suelta un discurso en cada declaración; como tampoco le falta descaro, en sus mensajes parece el autor de cada iniciativa socialista o el conductor que está llevando al huerto al socialismo; quiere ser una especie de líder espiritual (perdón, intelectual) del nuevo PSOE que encarna Pedro Sánchez. Y en estas andan: vigilándose por el rabillo del ojo, haciéndose trampas que parezcan colaboración desinteresada, desconfiando el uno del otro y con un cuchillo en la liga por si hay que pasar a la legítima defensa. Tarde o temprano se va a cometer un crimen. O quizá algo peor: una traición.

Y en estas andan: vigilándose por el rabillo del ojo, haciéndose trampas que parezcan colaboración desinteresada

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