Azar y melodrama


Estar a la altura de las circunstancias en un concurso de televisión es una tarea cada vez más compleja. Después del vuelco que han dado los viernes hacia el entretenimiento familiar, el formato tradicional de preguntas y respuestas pide paso para salir de la programación de la mañana o de la tarde y, añadiendo nuevos ingredientes, recuperar su puesto estelar en la noche.

Para crear un icono innovador, como hicieron La ruleta de la fortuna, el Rosco de Pasapalabra o las trampillas de Ahora caigo, The Wall estrenó el viernes en España un flamante muro laberíntico de 12 metros de altura por el que unas bolas de la suerte van cayendo en un descenso que hipnotiza por unos segundos al espectador. Las preguntas ponen a prueba el saber; las bolas desafían al azar. Pero lo rompedor de The Wall no es tanto su gigantesco panel como el melodrama que se desarrolla ante él. La primera pareja concursante, dos hermanas gallegas, se deshicieron en lágrimas y emociones ante las cámaras marcando así el tono teatral del programa, en el que lo más exigente no parece ser acertar las preguntas, sino ofrecer una explicación amplia y razonada sobre por qué se elige un número y no otro; explayarse con detalle en los sentimientos y los afectos; o hablar sin pudor con las bolas como lo más normal -«¡vamos, boliña!», «¡energía para ti!», «¡hazte guisantito!»- en un intento de camelar a la fortuna.

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