Metáfora y valor de un pino salvado


Mientras Pedro Sánchez y Pablo Iglesias decidían cómo cargarse la obra de Rajoy, ya que no tienen fácil echarlo del Gobierno, este cronista miraba unas fotos. En una se veía el fastuoso espectáculo del incendio cerca de Doñana: la belleza de la tragedia, la fuerza desatada del fuego, indomable cuando el viento se crece y se hace caprichoso. La quema de un pinar es mítica, porque las piñas se convierten en bombas incendiarias. En otra, tomada después del incendio, se observa un inmenso paisaje desértico, sin restos de vida vegetal ni animal. Los pinos calcinados se alzan como cadáveres sobre un mar de cenizas que lanzan su lamento: cientos de años nos costó crecer, un minuto de fuego destruyó nuestra vida. Ocurre después de todos los crímenes forestales. ¿Habrá mirado algún político no andaluz esas imágenes? Quizá sí, pero no las han visto: todos siguen hablando de referendos, de urnas y de mociones de censura. Ese es su monte quemado. 

Y de pronto, una tercera foto: un vecino recorre la tierra calcinada y pasa delante de unos pinos que han logrado sobrevivir. Los cuento: nos llegan a la media docena. No puedo impedir la emoción: es como cuando se ha producido un terremoto y después de varios días aparece un niño que ha conseguido salvarse. Esa imagen da la vuelta al mundo y los cronistas escribimos no sé qué de un milagro. Los pinos salvados de las llamas, sabe Dios por qué capricho de la naturaleza, son el milagro ecológico. Son la esperanza de que, pase lo que pase con el cambio climático, con el calentamiento global y con la destrucción acelerada del planeta, en algún lugar del mundo alguien, un animal, una planta, un pino como los de la foto, permitirán que siga existiendo un asomo de vida.

Por eso la foto de los pinos supervivientes me obsesiona. ¡Dios mío! Nos anuncian un verano tórrido y seco, con los montes esperando al asesino de la naturaleza que les prenda fuego. Seguimos impresionados por la tragedia de Portugal, donde se ha demostrado que un incendio no solo mata los bosques, sino que mata a las personas que huyen, como si se tratase de un castigo bíblico. Y no dejo de preguntarme si llegará un día en que encontrar un pino verde, un roble, un castiñeiro, un abedul será como encontrar un tesoro. La imagen convocará a los fotógrafos, como ocurrió en el área de Doñana. Nuestros nietos harán excursiones a contemplarlo. Se establecerá un tope de visitas, como a la playa de As Catedrais. Habrá estrictas medidas de seguridad, para ponerlo a salvo de los yihadistas… Perdonadme: es que acabo de descubrir el valor de un pino. Para que lo descubran comerciantes como Trump hace falta que antes se calcine y se desertice la tierra entera. Y en eso se está.

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