En concordia, un paso atrás


La conmemoración oficial de los cuarenta años del 15J fue una noble iniciativa. Tan noble, que casi no parece de un país que menosprecia su memoria y siempre encuentra algún detalle para no honrar a sus grandes hombres y mujeres. Esta vez se quiso hacer una excepción y todo sugería que iba a ser una buena jornada para rendir homenaje a lo mejor de nuestra historia contemporánea. Pero ocurrió lo que dice un viejo chascarrillo: «Hoy hace un día estupendo, pero ya verás cómo viene alguien y lo jode». Es como una maldición. Es la razón que siempre acompaña al pesimista. Es, quizá, una de las claves de ese malestar social con la política que solemos llamar desencanto.

Y en la sesión solemne de las Cortes Generales de este miércoles ocurrió en varios momentos. Uno lo anotamos ayer: el acto alternativo de Podemos para rendir homenaje a las víctimas del franquismo. Y fue exactamente lo contrario a lo que se trataba de celebrar: hacía cuarenta años, los españoles se daban el abrazo de la reconciliación y se disponían a construir un futuro sin exclusiones. Era la España que figura como epitafio en la sepultura de Adolfo Suárez en la catedral de Ávila: «Fue posible la concordia». Hoy, aquel prodigio de entendimiento y generosidad se ha vuelto petición de ajuste de cuentas y ansias de revancha. Portavoces políticos y mediáticos de Podemos llegaron a equiparar los asesinatos de ETA y los muertos en conflictos de orden público. Es lo que esa fuerza política está aportando a la convivencia, Dios se lo perdone.

Tampoco se puede considerar afortunada la exclusión del rey Juan Carlos I de los actos del Congreso. Por mucho que me lo expliquen, no lo acabo de entender. No había problema de colocación del monarca emérito, porque el salón de plenos tiene una Tribunal Real que está pensada justamente para eso. No debería existir problema de protocolo, porque es de sentido común que Felipe VI tiene preeminencia sobre cualquier otra persona, aunque sea su padre. Y don Juan Carlos quería asistir, como se demuestra en el hecho de que el día anterior había abandonado Sanxenxo para estar en Madrid. El triste resultado no es solo que se desconoció al gran hacedor de la democracia, sino que oscureció el resto, que han sido los espléndidos discursos del propio Felipe VI y de Ana Pastor.

Sabor agridulce, por tanto. Y es una pena, porque era una oportunidad para volver a poner en valor los méritos de la reconciliación, que tanta falta le siguen haciendo a este país. Terminado el acto, entre esas dos cosas y el independentismo y la izquierda radical, que se empeñan en examinar y suspender al rey cada vez que habla, tengo la impresión de que, en materia de concordia, caminamos hacia atrás.

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