En el Parlamento Europeo se sientan 751 diputados. Como diría un ruralita con sus buenos amaneceres a cuestas, «con bastantes menos veciños facíanse as mallas». Ese enjambre no solo tiene una colmena a su disposición. Cuenta con una costosa maquinaria que facilita sus desplazamientos, sus mudanzas, sus intervenciones. Se hace necesaria una legión de asistentes y traductores. Hace unos años, un catalán de padres gallegos deshacía la madeja del rumano. Todo para algo «ridículo», según Jean-Claude Juncker. El presidente de la Comisión Europea estalló al comprobar que, de los 751 parlamentarios, solo una treintena asistió al balance de los seis meses de presidencia maltesa. Juncker dijo que no hubiera ocurrido lo mismo de estar presentes Merkel o Macron, que son los Rolling y los Beatles de la UE. Que los chavales se derriten ante su satánica majestad germana y el I Want to Hold Your Hand francés. Pero habrá que pensar que más de setecientas personas estaban en provechosas comisiones, en jugosísimas reuniones, apuntalando con sus espaldas los maltrechos tabiques de la UE. Estadísticamente, parece más que dudoso. Pero tendremos que dar un voto de confianza a ese corazón europeo que más de una vez ha reñido al sur por su absentismo laboral. Y eso que las matemáticas se ponen flamencas con los tópicos. Porque es imposible que todos los ausentes sean españoles, portugueses e italianos. No da para tanto.

El problema es que cuesta compartir indignación con Juncker, que como primer ministro de Luxemburgo hizo prácticas de paraíso fiscal. Y la cuestión es cuándo el Parlamento Europeo dejará de ser un cementerio político para convertirse en la cuna de la nueva Europa.

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