Mileuristas por Froilán


En estos nuestros tiempos de la economía moderna y globalizada, la primera regla del Club de la lucha de clases es que no se habla de lucha de clases. Y la segunda regla también, que no se habla de la lucha de clases. Y, sin embargo, ahí está. A mediados de semana, el presidente de la patronal española, Juan Rosell, apuntaba que, ahora sí, ya no veía tan mal la propuesta tantas veces renegada como el mayor de los pecados de aumentar los salarios en una horquilla de entre el 1% y el 2,5%. Cómo estará la cosa que hasta el presidente de la CEOE, el hombre que una vez dijo que las cifras del paro estaban hinchadas porque las amas de casa de apuntaban con la esperanza de recibir una prestación, se mostró abierto incluso a que los sueldos más bajos, los ya raquíticos, puedan subir por encima de ese minúsculo 2,5%.

Todo está relacionado. Rosell demostró entonces que no comprendía realmente el funcionamiento de las cotizaciones (se deduce de sus palabras que entendía la prestación del paro como una suerte beneficencia, sin relación con los años trabajados anteriormente). Pero ha debido caerse del guindo. Y no debe de ser el único, aunque no se diga. A la par que se laminaban los derechos laborales se ha ido exprimiendo hasta un límite peligroso la hucha de las pensiones. La precariedad, esa condena de sueldos miserables y contratos interminables (cada mes se anuncian porcentajes de temporalidad que no bajan del 90%, se firman hasta 2 millones de contratos para apenas 100.000 empleos) sigue aquí pesa a (o precisamente por) todas las reformas que hemos sufrido como penitencias medievales. Y al final, va a terminar por carcomer del todo el conjunto del sistema del estado social. Cómo será que hasta esta patronal que sólo ha logrado aumentar la productividad no con innovación ni inversiones sino gozando hasta el éxtasis de contar con una legión de parados dispuestos a aceptar lo que sea, cuatro duros en negro, renunciar a las horas extra, ponerse de falsos autónomos (y todo durante una larguísima década), hasta ellos ven que la cosa no puede seguir así mucho más. Literalmente están a punto de matar a la gallina de los huevos de oro.

El saldo es una desigualdad terrible y además la derrota casi total de quienes defendieron la honestidad de las ideologías. Lanzados a dejar los postulados lógicos por banalidades como «el sentido común» y la entrega total de las reivindicaciones de más participación ciudadana a un cesarismo que no se apoya en ninguna tesis sino en la fe en un líder que (por lo visto porque lo dice él y su camarilla) es un elegido del destino perfectamente compenetrado con los anhelos de la mayoría; pues aquí estamos con un montón de gente que se verdad se cree que el impuestos de sucesiones lo paga «la clase media trabajadora» y que cuantas más rebajas fiscales mejor porque los servicios sociales se pagan con magia.

Menos mal que el nieto mayor del rey emérito, el sobrino del otro monarca que está en ejercicio, el tercero en la línea de sucesión al trono, el buen Felipe Juan más conocido como Froilán va a empezar sus estudios de Administración y Dirección de Empresas (ADE) en la prestigiosísima CIS The College for International Studies que es una universidad americana en Madrid como lo fue el hombre lobo en Londres del cine de los 80. Al noble heredero nadie le ha dado el coñazo con la importancia del esfuerzo y mérito, ni con la «sobrecualificación» ni la «titulitis» ni con que nuestro sistema educativo es un coladero que cualquiera pasa de curso aunque él ha repetido hasta el límite total las posibilidades de la ESO. Pero ahí está, tengo sincera curiosidad por ver en qué empresa se pondrá a dirigir y administrar a los plebeyos que hincando el codo de verdad en los pupitres de verdad y en las universidades de verdad, con sus tres idiomas de verdad, acudirán después allí a rogar por un contrato de más de una semana y por algún salario que roce los 700 u 800 euros. Que el esfuerzo recompensa, hoy como en el siglo XV.

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