Los tenemos muy mimados


Nada menos que un tercio de sus señorías que aposentan a diario, o cuando pueden, sus reales en el Parlamento, tienen negocios privados mientras ejercen la actividad pública. Es decir, que no están solo para lo que les hemos elegido y siguen el ejemplo del admirado Rodrigo Rato quien, aun siendo ministro y a decir de su compañero de escaño Luis Ramallo, dedicaba un día de la semana a sus negocios. Como debe ser.

Mal está que sus señorías formen parte de despachos de abogados, administren compañías mercantiles, asesoren a empresas privadas o vendan uvas de sus viñedos, pero lo de participar en tertulias, cursos, conferencias y seminarios parece un regodeo. Porque ¿qué nos cuentan de nuevo en estas intervenciones? ¿Qué aportan Pablo Casado, Hernando, Maroto, Madina, Zaida Cantera, Irene Montero, Íñigo Errejón o Carolina Bescansa en sus intervenciones públicas remuneradas? ¿Y qué Rufián, Girauta o Villegas? Lo de Albert Rivera es más indefinido, como todo lo suyo. Cobra por «participar en encuentros académicos y políticos», que es mucho más intelectual.

Pues lo que aportan es más propaganda de su formación. Cobran por contarnos el argumentario de su partido, sin una aportación a mayores; por ocupar un espacio que debía considerarse de publicidad política. De lo que se trata es de facturar porque el salario mínimo interprofesional que les dimos, y que va de los 3.600 a los 6.000 euros, no da para mucho y, como los seiscientoseuristas, tienen que pluriemplearse. Algún día tendremos que replantearnos lo mimados que los tenemos. Sobre todo para lo que nos aportan.

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