Brechas generacionales


El cuarenta aniversario de las elecciones del 15 de junio de 1977 ha vuelto a llevar a los medios el debate sobre esa etapa de nuestra historia ya no tan reciente. Las diferentes formas de percibirla, el cambio en el mapa político desde las elecciones europeas de 2014, las controversias sobre el sistema político configurado por la Constitución de 1978, el conflicto catalán y el revuelo desatado por algún desafortunado artículo sobre la generación de los llamados milennials, han conducido a medios de comunicación y analistas de la actualidad a reflexionar sobre la existencia de una profunda brecha generacional entre los nacidos después de 1980 y quienes rondan o superan los cuarenta años de edad.

Me atrevería a afirmar que los conflictos generacionales son tan antiguos como la humanidad. Evidentemente, no tenemos constancia de lo que sucedía en la prehistoria, pero son bien conocidos los testimonios desde que existe la escritura. No es necesario que se produzcan cambios sociales o políticos demasiado profundos en poco tiempo, la desconfianza de los mayores hacia las aptitudes y comportamientos de los jóvenes siempre ha existido y se corresponde con el inevitable deseo de estos de afirmarse y su razonable derecho a cuestionar la necesariamente imperfecta sociedad en que les ha tocado vivir. Probablemente lo más peligroso sería que esto no sucediese, no hay nada más letal para el progreso que el conformismo.

Es indudable que el choque se agrava en los últimos siglos, cuando la historia se acelera y todo se convierte pronto en viejo. No deja de extrañar que ahora se asombren los que vivieron en su juventud los cambios radicales de los años sesenta y setenta del siglo XX, quienes para ser realistas pedían lo imposible.

Cuando tengo que explicarles a mis alumnos la transición soy consciente de que les hablo de una época que para ellos es solo historia. Como para mí la revolución de 1934 que explicaba David Ruiz en una masiva conferencia, en su cuarenta aniversario, justo cuando yo, con 17 años, acababa de entrar en la universidad. Dos años después, recién terminado el segundo curso de la carrera, tocaba conmemorar los cuarenta del comienzo de la guerra civil. Entonces era frecuente que se nos dijese que no había perspectiva para estudiarla de forma objetiva y para la inmensa mayoría de nuestros padres éramos incapaces de comprender lo que había supuesto y los riesgos que podía implicar el cambio político que se iniciaba.

No pretendo comparar la guerra civil con la transición, periodos históricos afortunadamente contrapuestos, pero sí cómo, igual que ahora, lo que para unos era simple historia, aunque con brutales secuelas en aquel presente, para los otros suponía una realidad que habían vivido, incluso para los que solo habían conocido como adolescentes o adultos la dura posguerra. Mi generación trasladó a España muchos de los cambios del 68, que repercutieron ya entonces sobre todo entre la minoría de jóvenes que realizaban estudios universitarios, pero habían sido en gran medida frenados por la dictadura y eclosionaron con la tímida apertura de 1974 y el comienzo de la transición.

Estos días se recordaba que entonces, a mediados de los años setenta, se podía ir a la cárcel por el simple hecho de ser homosexual. No existía el divorcio y a las mujeres se las condenaba hasta con seis años de prisión por adulterio, tampoco podían abortar. El nudismo era perseguido, cines y discotecas cerraban en jueves y viernes santo, por no hablar de la censura que todavía afectaba al cine, la literatura o la propia historia. El sexo era tabú en una sociedad que todavía sufría la imposición legal de la hipócrita moral católica. El choque entre padres e hijos fue terrible y no solo en lo político. Es más, en muchos casos probablemente la radicalidad política era lo que menos les importaba a los primeros del comportamiento de sus retoños, especialmente de sus hijas. No hace falta insistir en que aquellos vagos melenudos, tan dados a combinar a Marx o Bakunin con el cannabis, estuvieron muy lejos de destruir la civilización occidental, a la que recuerdo desde que tengo uso de razón bajo permanente y gravísima amenaza.

No comparto muchos de los análisis críticos de la transición, aunque disto de estar de acuerdo con las versiones edulcoradas que, paradójicamente, vienen con frecuencia de quienes entonces se oponían a la mayoría de los cambios, incluso a la propia Constitución. También considero que el sistema político actual es plenamente democrático y en algunos aspectos mejor que el de otros países de la Unión Europea. Eso no impide que tenga algunos rasgos censurables y bastantes mejorables y que el descontento de los jóvenes contra quienes lo dirigen y el malestar por las condiciones en que se los obliga a trabajar o, peor todavía, a vivir sin trabajo estén plenamente justificadas.

La revolución que supusieron la informática e Internet se presenta en ocasiones como algo magnífico, incluso se sobrevalora con cierta bobaliconería como si el simple hecho de manejar bien un ordenador, tableta o smartphone convirtiera a alguien en sabio, pero también se utiliza para denostar a una juventud supuestamente inculta y fácilmente manipulable. Quienes eso afirman deberían reflexionar sobre la rebeldía mostrada por el 15-M y la aparición, con sorprendente fuerza, de Podemos, que contradice su análisis. Es cierto que a muchos jóvenes les cuesta leer un libro, algo que siempre sucedió, incluso entre los estudiantes universitarios, y que puede que ahora se haya agravado, pero llevo toda la vida vinculado a la universidad, desde que entré en ella en 1974 --incluso el breve tiempo que trabajé en la Universidad Popular de Gijón seguía con los cursos de doctorado y la tesis-- y en mi especialidad no ha habido nunca jóvenes investigadores tan capaces y brillantes como ahora. Otra cosa es que muchos, incluso autores de libros excelentes, estén en precario, literalmente explotados por el propio Estado, o no encuentren plaza en una universidad envejecida y carente de recursos. Eso sucede también con mis alumnos, siempre tengo algunos excelentes. Nunca había habido en España tantos jóvenes estudiando, es algo magnífico, pero que implica que no todos podrán ser sobresalientes. Lo que resulta tremendamente injusto es descalificarlos como vagos, apáticos o inútiles.

El fracaso de los regímenes posestalinistas cambió el mundo y diluyó las ideologías cargadas de certezas, pero la historia continúa y sin duda surgirán nuevas alternativas a los problemas de las sociedades del siglo XXI. Desde luego, no fueron los jóvenes los que llevaron a Trump al poder.

La brecha generacional se manifiesta de forma cruda en la nueva manera de informarse, pero el nacimiento de los periódicos digitales ha hecho renacer la pluralidad y es un avance de la libertad. Las empresas que editan los impresos deberían preguntarse, sobre todo en España, si su conservadurismo, en todos los sentidos del término, no contribuye a que sean los menos vendidos y leídos de Europa. La creciente uniformidad de sus editoriales y columnistas y la militancia de sus titulares lleva a muchos lectores a buscar la alternativa en los nuevos medios digitales, no solo a los milennials. Los tiempos están cambiando, siempre lo hacen, la reacción desabrida frente a ello suele ser poco eficaz.

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