Mussolini en la playa

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Hay una playa llamada Punta Canna. Está en Italia. Se supone que el nombre es un juego de palabras y que lo de Canna es por el cañón de un fusil. No está muy lejos de Venecia. Es privada. Sí, es uno de los grandes secretos de la bota. En París llueve bastante. Y en Italia los arenales se dividen como si fueran leiras en plena desconcentración parcelaria. Las vallas y alambradas se meten en el mar como espinas gigantes de peces muertos. No es cuestión de hamacas. Para colocar una triste toalla, hay que ser cliente del que gestiona el trocito de paraíso: sacar un billete, alojarse en su hotel, beber en su chiringuito o alquilar su pedaleta. Hay una parte pública. Pero, por lo general, es un pequeño segmento sin duchas en el que se acumulan bañistas y suciedad. A la Unión Europea no le hace gracia. Pero el año pasado el Gobierno italiano prorrogó estas concesiones hasta el 2020. Porque hay unas 30.000 empresas que viven de la concesión de estas porciones de costa. Una de ellas es la de Punta Canna. O, como decía su placa, «una zona antidemocrática y bajo el régimen». Allí, los visitantes pueden disfrutar del Adriático y del panel que repasa las hazañas de Mussolini. Es una playa fascista con todas las letras. Aunque la investigación ordenada por un juez quizás obligue a rebajar el tono y también los brazos en alto. Antes, en lugar de colgar el típico cartel de «prohibido el paso» en una puerta, colocaron un «no pasar, cámara de gas». Algunos se indignan y buscan otro lugar. Pero otros pagan y ocupan su tumbona. Precisamente los italianos debaten si hay que endurecer las penas contra los que hacen apología del fascismo. Cuando hay déficit de Historia, se tiende a remendar con las leyes. Y se corre el peligro de acabar en la playa con Mussolini.

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