¿Nos quedamos así?


Estamos tan felices con la creación de 512.000 empleos en el último año, con los 41 meses consecutivos creando trabajo, con que somos el país de nuestro entorno que más crece y que Galicia creció un 3,4 %, que corremos el riesgo de quedarnos instalados en la penuria. Porque este tipo de alegrías nos reconfortan pero han de corresponderse con la realidad. Y la realidad que se nos muestra es bien diferente de la euforia que en ocasiones vemos en las pantallas de plasma equiparándose al primer vuelo aéreo o a la llegada del hombre a la Luna. Que hay que tener valor.

La temporalidad laboral, esa que afecta al 30 % de los asalariados y a más del 80 % de los nuevos contratos; la baja calidad del empleo, la movilidad, la escasa productividad y la pobreza salarial son solo algunos de los problemas que nos están destrozando la vida. Ya no vamos a hablar de la desigualdad, de que la recuperación no se nota en el 70 % de los hogares, según Cáritas, y de que el 22,3 % de la población está en riesgo de pobreza. Acabamos de recibir dos advertencias. La UE nos dice que España sigue a la cola de Europa en indicadores sociales y la del Consello Económico, que asegura que Galicia ha de frenar el declive demográfico y revertir las tasas de pobreza. Y ello pese a la recuperación que tanto celebramos.

Pero estamos avanzando mal. Este no es el camino que nos va a llevar a una sociedad más boyante y más justa. Todo lo contrario. Establecimos unas bases erróneas que hacen pensar que todas las deficiencias que arrastramos han venido para quedarse. Porque resulta sintomático que mientras se crea empleo, el trabajador empobrece. ¿Eso es crecer? ¿Es crecer que aumente considerablemente la brecha salarial entre unos y otros? ¿Y que tengamos a ingenieros y farmacéuticos limpiando granjas? ¿Y que las empresas del Ibex 35 disparen sus beneficios más de un 48 % y los bancos el 28 %?

¿Nos quedamos así para siempre, mientras celebran lo bien que vamos y lo mucho que crecemos?

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