Ya hay dos partidos socialistas

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En su primera encarnación como secretario general del PSOE, Pedro Sánchez recibía una seria crítica interna: no hablaba con sus líderes regionales. Él mismo lo reconoció en declaraciones posteriores. Gobernaba el partido como un autócrata, sin pedir opinión, sin dar explicaciones e incluso sin ponerse al teléfono. Y cuanto más pata negra era un barón, más lejos parecía estar del secretario general. El resultado fue que se quedó sin aliados y la consecuencia, la derrota en el lamentable Comité Federal del pasado mes de octubre. 

Ahora Sánchez empieza a cometer el mismo pecado, pero agravado por su administración del liderazgo. Como si confundiese su nueva autoridad, adquirida después de las primarias que le devolvieron el poder, con autoritarismo, está haciendo un partido a su imagen y semejanza y con una dirección política que contradice gran parte de la tradición socialista. Apela a las bases, que es donde estuvo y quizá esté su fuerza, pero margina o castiga a sus oponentes y a todos aquellos que pertenecen al viejo PSOE y hace lo contrario de lo que hizo la gestora durante la larga interinidad.

Sus últimos actos han sido elocuentes. Si la gestora tendía a apoyar al Gobierno en aras de la estabilidad, Sánchez se distingue por su obsesión por derribar a Rajoy. Si la gestora denunciaba que el PSOE se estaba podemizando y quería distanciarse de Podemos, Sánchez se esfuerza en coincidir con Pablo Iglesias. En cuanto a las personas, no le tembló el pulso para cesar a Alfonso Guerra en la presidencia de la Fundación Pablo Iglesias e hizo el vacío a Eduardo Madina hasta conseguir su renuncia como diputado y su abandono de la política. Y en cuanto a la gran cuestión de este tiempo, que es la territorial, se embarcó en la plurinacionalidad, más en la línea de Pablo Iglesias que en la tradición del pensamiento socialista. Este fin de semana se pudo comprobar que la distancia entre él y Susana Díaz, por no citar a Abel Caballero y otros dirigentes, es tan grande como la que le separa del PP.

Pedro Sánchez tiene todo el derecho, por supuesto, a intentar hacer el Partido Socialista que cree conveniente y necesario. Tiene incluso la obligación de refundarlo, dada la crisis arrastrada por ese partido. Quizá sea el único con autoridad para intentarlo. Pero con inteligencia y cautela. No se hace partido prescindiendo del talento, como el de Madina y el de Guerra, por mayor que sea don Alfonso. No se hace partido asumiendo principios ideológicos del gran adversario, que es Podemos. Y no se hace partido lanzándose a algo tan serio como la plurinacionalidad sin el debido consenso interno. Si se lanza, ocurre lo visto en Andalucía: que no parece que hay un Partido Socialista, sino dos.

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