cuatro verdades

La parcelaria


Minifundismo. Esa necesidad de partir, de repartir, de trocear, de dividir, de seccionar, de escindir. De que cada uno tenga su trocito, aunque su trocito sea pequeño. Diminuto. Minúsculo. Minifundismo. La capacidad para seguir quebrando, de seguir fragmentando, despiezando todo hasta reducirlo a (casi) nada. Esa palabra tan de aquí, que ahora define perfectamente lo que ocurre ahí. Ahí, en nuestras pantallas. Se pelean por su trozo del pastel, reduciéndolo poco a poco a migajas. Y un día, una serie original de Netflix sigue en Netflix, pero ya no se emite en Netflix. Para ver House of Cards hay que tener Movistar Plus, que se ha hecho con los derechos de los Underwood. Y la pantalla tiembla. Tiembla porque por ahora Juego de tronos sigue más allá del muro de HBO. Pero ese muro, como los caminantes blancos, todavía no ha conseguido traspasarlo la criada. La de El cuento de la criada. Y ahora Disney. Se prepara para viajar a Nunca Jamás el Netflix. Y el Halcón Milenario vuela. Y Pocahontas se despide con el Hasta luego Maricarmen de los gifs. Disney ha entrado en la batalla minifundista. Quiere su propia parcela, poner sus marcos, vigilar que nadie los traspasa. Ganar dinero con la nueva ola de consumo televisivo: el que va poco a poco obligando a abrir suscripciones aquí y allá para abarcarlo todo. Y, mando en mano, pides que vuelva la concentración parcelaria.

 

 

 

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