Perversa equidistancia


Trump no distingue entre quienes desfilaron en Charlottesville con antorchas al más puro estilo nazi, portaban esvásticas y hacían el saludo fascista de aquellos que se manifestaban en su contra. Le da igual que uno de los llamados supremacistas blancos arrollara con su coche a los que se oponían en la calle a esa perversa exhibición de odio y racismo y matara vilmente a una mujer. La reacción del presidente estadounidense fue condenar la violencia «de muchos lados». Hasta miembros de su propio partido le han recriminado que no apuntara directamente a los racistas. Decenas de miles de norteamericanos murieron combatiendo el nazismo en Europa; la apología de esa ideología genocida, la mera mostración de su simbología, deberían helar el corazón de cualquier ciudadano de la gran nación americana y más aún de su máximo representante.

Pero Trump prefirió generalizar y no denunciar explícitamente a quienes, por otra parte, lo apoyaron en las elecciones y ahora están crecidos. Es el mismo presidente que parece decidido a convertirse en gendarme mundial, que responde a las bravatas del psicópata de Corea del Norte y amenaza con una intervención militar en Venezuela, lo que solo sirve para apuntalar al dictador Maduro, que ahora puede jugar a placer el papel de víctima del imperio.

Cuando llegó al poder algunos confiaron en que se moderaría en la Casa Blanca. Ahora hay quienes critican lo que consideran excesos en los ataques a Trump. ¿Disculparán también su indignante equidistancia entre neonazis y antifascistas? No sería extraño. Pero yo sigo pensando lo mismo que el primer día: me da pavor lo que puede llegar a hacer.

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