Los coches de la muerte


Es el nuevo terrorismo. Rápido, barato, improvisado, indiscriminado, individual y sumamente efectivo. Un lobo solitario, como mucho dos o una pequeña célula, suben a un coche, eligen la calle más transitada y arremeten contra la multitud. Lo hicieron en Londres, Berlín, Estocolmo y Niza con resultados altamente positivos para su causa y lo han vuelto a hacer en Barcelona sin que podamos hacer nada por evitarlo.

Sabíamos que España es uno de los objetivos más apetecible para los descerebrados yihadistas. Sabíamos que vivimos en uno de los máximos niveles, el cuatro, de alerta terrorista. Sabíamos que los asesinos ya golpearon en otras ciudades europeas. Sabíamos que la CIA advirtió de un posible ataque en la ciudad catalana. Lo sabíamos todo y, sin embargo, cuando en una tranquila tarde de verano la muerte nos vuelve a sorprender en Barcelona, nos damos cuenta de que no pudimos evitarlo y volvemos a preguntarnos cómo es posible hacer frente a esta locura.

Los españoles llevamos en la piel las cicatrices del terrorismo. Pero conocíamos a los asesinos y su forma de actuar. Ahora todo es diferente. Puede ser Barcelona, Roma o Compostela. La modalidad de los coches de la muerte abre una nueva dimensión en los ataques y hace imposible poder combatirlos eficazmente.

No es fácil habituarse a vivir con esta amenaza sobre nuestras cabezas, pero debemos acostumbrarnos. Necesitaremos un par de generaciones, o más, para acabar con los coches de la muerte.

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