La tentación es fuerte para los que viven acoplados en los dos extremos. Los miopes que no quieren acercarse. Ellos riegan con las peores tormentas. Cualquier excusa es buena para tensar la cuerda. Todo es un instrumento en ese viaje que los aleja del otro. También un atentado terrorista. Los cadáveres se usan como arma arrojadiza. La sangre se convierte en tinta para escribir la herencia de la culpa. No hay que desaprovechar la nacionalidad de los muertos para hacer un guiño. Ni desperdiciar la ocasión para insultar a los que hablan catalán. Ni dejar de tirar de las orejas a algún medio estadounidense por colocar banderas españolas para solidarizarse con las víctimas en lugar de empapelarlo todo con senyeras. Ni evitar equiparar independentismo y yihadismo. Algunos se han dado un festín. Barcelona ha sufrido primero un atropello masivo. Y está siendo pisoteada por más de uno después. Supuestos periodistas que rompen precintos policiales. Puñaladas entre diferentes cuerpos de seguridad sobre la información que compartieron y la que se ocultaron mutuamente. Tuiteros que dan lecciones de comunicación y piden rigor desde su púlpito para, a continuación, reproducir el enésimo bulo sobre la operación policial, no vaya a ser que alguien se adelante. Instagramers que exigen respeto con las imágenes de la matanza mientras seleccionan su mejor foto con morritos en las Ramblas para dejar claro que llevan la ciudad en lo más hondo de su corazón pixelado. Catedráticos y patriotas de diferentes colores. Mientras, el agua del odio radical metida en casa. Pero qué bien navegan algunos... Y la cuerda rechina. Más cuerda para ahorcarse.

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La cuerda