Unidad fingida


Puede que nos ganen los deseos, pero corremos el riesgo de creérnoslo. Necesitamos aceptar que ante los brutales ataques terroristas todos nos mostramos unidos, sin una sola fisura y dispuestos a ayudarnos. Pero la realidad es tan diferente que en ocasiones nos cuesta aceptar lo que vemos.

Dejando al margen el extraordinario descubrimiento que algunos hicieron de que en Cataluña hasta los Mossos se expresan en catalán, y dejando también aparcadas las trifulcas de los bolardos, la semana posterior a los atentados de las Ramblas y Cambrils nos ha dejado situaciones tan sorprendentes como inaceptables. Las fuerzas del orden acusándose mutuamente, Rajoy y Puigdemont fotografiándose juntos y hablando de unidad después de tardar 20 horas en encontrarse; el rudo, romo y bruto conceller hablando de españoles y catalanes, o las imposiciones de quien puede y quien no estar en la marcha de hoy.

Ha sido un rosario de desencuentros que nos lleva a pensar que la distancia entre muchos de los protagonistas de estos días se antoja insalvable. Ni con muertos de por medio. Cada uno va a lo suyo en unos momentos tan convulsos para tratar de rentabilizar una situación que los ciudadanos vivimos desde otra perspectiva más humana y más dolorosa.

Asistimos a una unidad fingida, que ya padecimos en los peores momentos del terrorismo etarra y que llegó a desesperarnos. Se repite y se repetirá mil veces mientras unos y otros no sean capaces de entender que, ante la muerte y el dolor, no existe el apuntarse éxitos ni desacreditar al adversario. Todo eso es de mezquinos e irresponsables.

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