Dos largos inviernos


Cuando Luis Tosar confesó que había rechazado un papel en Juego de tronos porque le parecía un Falcon Crest con espadas, los fans se revolvieron contra él. Más tarde, Ian McShane aceptó, poco convencido, interpretar a Ray en la sexta temporada y fue duramente criticado por ir trufando sus entrevistas con spoilers. El actor bramó entonces contra la masa fervorosa: «Solo son tetas y dragones. Compraos una vida». Algunos bandazos de la serie en esta séptima temporada que acaba de concluir hicieron que los seguidores cruzaran los dedos para que las palabras de Tosar y McShane no se hicieran realidad y no se rompiera esa magia que tan artesanalmente habían obrado, juntos de la mano, guionistas y novelista. No hay nada que temer. Porque cuando Juego de tronos es buena, es mejor que las demás; y cuando flaquea, lo resuelve con más destreza. Y, en cualquier caso, todos los espectadores que han llegado hasta este punto de no retorno no tienen marcha atrás posible. Aunque tengan que consentir licencias como que el Muro atávico se pueda derribar con tres pasadas rápidas de fuego helado o que la segunda historia de amor incestuoso de la serie sea algo superromántico. Por mucho que sus creadores se apliquen, nunca lograrán contentar a todo el mundo cuando escriban el punto final. Pero para eso faltan casi dos larguísimos inviernos.

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