La farsa del 1-O

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La farsa está preparada. Un referendo manifiestamente ilegal en el que, si llega a celebrarse, solo votarían los independentistas y algún tonto útil despistado, sin ningún tipo de garantías democráticas, no homologable según los estándares internacionales, controlado al milímetro por sus convocantes, que desprecia a la oposición y ahonda la peligrosa división de la sociedad catalana. Incluso antes de que se sepa el resultado, que en esas condiciones solo podría ser un abrumador sí, los secesionistas han perpetrado una ley de transitoriedad que en realidad instaura una especie de estado de excepción. Nótese que los partidos que la han propuesto si bien tienen mayoría absoluta en el Parlamento catalán sumaron menos de dos millones de votos en las últimas elecciones autonómicas, lo que equivale al 48 % de los emitidos y al 37 % sobre el censo. Resulta patético, si no fuera trágico, que con menos de la mitad de los sufragios se pretenda imponer una ley delirante que consumaría nada más y nada menos que la desconexión con el resto de España. Si se compara con que para modificar el Estatuto catalán se necesita el apoyo de dos tercios de la Cámara el disparate se hace manifiesto. La conclusión es que no solo se trata de un referendo que atenta contra el ordenamiento jurídico, lo que ya lo invalida, sino que desde el punto de vista democrático no resiste el más mínimo análisis. La única explicación de esta huida hacia adelante es que lo que buscan en realidad los independentistas con su desafío, que no es solo al Estado sino también a una parte muy importante de la sociedad catalana, sea un choque frontal con el Gobierno, que pese a estar destinado al fracaso, alimente aún más su victimismo con la pretensión de ganar apoyos de cara al futuro.

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