Hay espíritus gentiles que, vía Facebook, lanzan sus mejores deseos al prójimo. Como la mujer que escribió que Inés Arrimadas se merece una violación en grupo. No un ataque de un depredador solitario. Uno colectivo. Para que no se aburra. El comentario arranca con uno de esos entrantes que suelen acompañar a los platos envenenados. «Sé que me van a llover críticas». «Sé que lo que voy a decir es machista». Que conste que lo sabe. Que quede dicho. Su pequeña oda a la agresión sexual nace de la reflexión, de la meditación. No es improvisada. Conclusión: la han despedido de su trabajo. Algunos critican que acabe en la calle por haber publicado unas frases en una red social en su tiempo libre. Como si las redes sociales fueran un cheque en blanco: «Oiga usted, no me eche, que la apología del racismo la hice de siete a ocho, fuera del horario laboral». Otra cosa es la jauría de reacciones a la altura del texto dedicado a Arrimadas, el despelleje del mismo grosor.

Resulta que las cavernas oscuras asoman por doquier. Como los ramalazos fascistas. Porque el fascismo y la caverna no es un patrimonio exclusivo de una zona geográfica o de una nacionalidad. Por eso danza por Internet una foto de Jordi Évole coronado con un «Se busca» que difundió en Twitter Súmate, la entidad de independentistas que hablan español. Un gran guiño al Far West. Después pidieron perdón. Es que les había llamado la atención, jolines. ¡Qué sensible está la gente!

El odio se enciende con facilidad. Apagarlo es otro cantar. Hay pueblos que lo han cultivado sin descanso durante siglos. Porque, aunque parezca que en cierta fecha se acabe el mundo, se reescriba la historia, y tiemblen todos los cimientos, siempre hay un día después.

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