Prólogo, ensayo, arma de presión


Nadie podía esperar otra cosa ni había por qué esperarla: la Diada ha sido multitudinaria. Espectacular. La gran concentración del independentismo catalán. Y con un detalle: la presencia de Puigdemont, cuando el presidente de la Generalitat siempre había mantenido una distancia institucional. Pero Puigdemont quiso recibir un baño de masas y ser reconocido como el Moisés que conduce a su pueblo a la tierra prometida. Todo ha sido un prólogo del referendo y una parte del pulso al Estado. Quizá el único pulso por el que nadie puede ser inhabilitado. Sin entrar en la polémica del recuento de asistentes, el clima político favorecía una participación masiva. Todo el calendario de la desconexión se hizo en torno al 11 de septiembre. El independentismo quería hacer de la Diada una prueba de fuerza y apoyo popular a su desafío. Puigdemont quería demostrar lo que predica: que tiene a mucha gente detrás y que la ruptura no es un capricho, sino que está impulsada desde abajo. 

Y, en su versión de los hechos, lo demostró. Ya se había demostrado el año pasado. Y el anterior. Y en todas las Diadas que se celebraron desde el año 2012, fecha en que Artur Mas decidió ponerse al frente de esa multitud. Creo que la lección política de las sucesivas celebraciones está en la evolución de su significado.

La Diada comenzó siendo una fiesta del catalanismo. La primera en democracia, la de 1977, se limitaba a pedir autonomía y rendir homenaje a los héroes históricos del nacionalismo. La mencionada de 2012 se celebró en el ambiente viciado por la reclamación del pacto fiscal que Rajoy rechazó. Se perdió el miedo a las palabras y de la demanda de autogobierno se pasó a la demanda de independencia, de ahí se pasó a hablar de estructuras de Estado, y de ahí a propugnar la República Catalana.

La Diada, manejada por organizaciones cívicas separatistas, ha sido siempre el escenario de la escalada. Una república, la ruptura de una nación, no se consigue en manifestaciones, pero las manifestaciones ayudan y se prestan a su utilización en el discurso político como un prólogo y un instrumento de presión. Las fotos y vídeos de la multitud serán publicadas hoy en la prensa europea como demostración de la exigencia de soberanía. Y lo peor: sus organizadores y, desde luego, la CUP la presentarán como el ensayo de las movilizaciones populares que planean para después del día 1. Es lo que pretende Puigdemont cuando dice que el futuro de Cataluña lo decidirá «la gente y no cualquier tribunal». Y un detalle inquietante: el grito de «Visca Catalunya lliure i subirana» de Pablo Iglesias. ¿Tú también, Pablo? Con concesiones así, lo extraño es que Cataluña todavía siga siendo territorio español.

Sus organizadores y, desde luego, la CUP la presentarán como el ensayo de las movilizaciones populares que planean para después del día 1

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