Un pequeño municipio del interior de Cataluña. Año 2015. Un vecino entra en una librería. Pregunta si tienen Las cuentas y los cuentos, el ensayo en el que Josep Borrell y Joan Llorach desmontan argumentos económicos del independentismo. El librero le dice que no. El cliente le pregunta si puede encargarlo para él. Y el vendedor espeta que no. Pero no porque no pueda, es que allí no se encargan esos libros. No le da la gana. Y punto. El potencial comprador no se fue a Perpiñán, pero tuvo que buscar una tienda más grande en una ciudad mayor. Pero todo sea por la democracia y la libertad. De vez en cuando toca tutelar a los descarriados, guiarlos hacia la luz, hacia el verdadero camino. Se repiten los mantras: «Es el mandato del pueblo catalán». Algunos actúan como si Dios les hubiera entregado los diez mandamientos de la nueva nación en el monte Sinaí. Como si el pueblo catalán fuera monolítico y el 100 % de los votantes hubieran apoyado a Junts pel Sí en las elecciones autonómicas. Es un mandato. Y el que muestre las grietas, como Joan Coscubiela, se expone a un buen abanico de etiquetas: es un facha, no es un buen catalán, no es un demócrata y pertenece a la casta. Coscubiela, camarada, ¿dónde están tus callos en las manos? En cambio, la celebridad que abraza el independentismo es elevado a profeta de forma automática. Ahí está Julian Assange, muy constructivo, citando a un tal Pancho Sánchez y ofreciendo una guerra civil como alternativa al referendo. Cuanto peor, mejor. Como en el Reino Unido, como en Estados Unidos, como en Francia. ¿Cuál será su mandato? Posiblemente nada tenga que ver con el de los tenderos de las Ramblas o el pobre lector del interior.

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