Colau y su cortijo


La alcaldesa de Barcelona ha confundido el ayuntamiento con su cortijo, y a los barceloneses a los que gobierna, con los independentistas que quieren gobernar. Porque ha utilizado como si fuese la vivienda de una okupa algo tan venerable como es la institución municipal, para recibir a los 700 alcaldes catalanes antisistema -¡ojo!, no regidores de barrios barceloneses- que se han creído la religión de moda: el nacionalismo radical. Con sus actos, Ada Colau se ha erigido en el núcleo aglutinador de los regidores independentistas dispuestos a saltarse la ley. Es más, hasta se ha arrogado su liderazgo mientras guarda silencio sobre los escraches que están sufriendo los compañeros fieles a las normas democráticas. Y ya sabemos cómo se llama el sustituir el gobierno de la ley por el gobierno de los hombres: tiranía.

A la activista antidesahucios le tuvieron que recordar ayer sus socios de gobierno en la corporación que «el Ayuntamiento es la casa de todos», como le echó en cara Jaume Collboní. Pero también desde la otra orilla, la del PDeCAT, tuvo que escuchar que no tuvo valor de cruzar la plaza de Sant Jaume y entrar con su bastón de mando en el palacio de la Generalitat, como sí hicieron los alcaldes citados por la Fiscalía por comprometer su apoyo a un referendo ilegal. Y es que a Colau lo que más le preocupa es pescar, ¡votos, claro!, en dulce y en salado.

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