Cataluña. La caza


Hace tres o cuatro días escribía en un artículo en El País un reputado periodista catalán que su comunidad carecía de gobierno y de cámara de representantes, enfrascados sus líderes en la secesión. Con ser esto verdad, y como ya hemos escrito en esta misma columna de La Voz de Asturias, no cabría esperar menos. Esto es, el golpe de Estado dado por Carlos Puigdemont, que fue un periodista que acuchilló el código deontológico de su profesión, asimismo alcalde de Gerona que pudo participar en un desfalco de varios millones de euros a través de la empresa que gestiona el agua (aguas fecales, más bien, de las que no se ha librado Asturias) y nombrado in extremis honorable tras la caída de Arturo Mas, y Carmen Forcadell, presidenta del Parlamento que pasará a los anales de la democracia como la más antidemocrática y facinerosa parlamentaria; estas dos personas, retomo el análisis, no podían hacer otra cosa que clausurar los dos primeros poderes de todo Estado para combatir en los medios de comunicación y en las calles, a falta de ejército propio.

Puigdemont-Forcadell y la CUP-Arran, alimentándose mutuamente, han llegado a donde solo les era posible llegar, a saber: la caza, y lo han hecho explícitamente con la impresión en carteles de los rostros de los concejales no independentistas del ayuntamiento de Lérida. El señalamiento es la condición necesaria para excitar al populacho y que pase a la acción. No es nuevo en las últimas once mil órbitas que nuestra roca ha dado alrededor de su estrella, aunque el referente más repugnante y despiadado haya ocurrido hace menos de ochenta giros, con el cosido de la estrella de David en las chaquetas de los judíos.

La realidad última, fangosa, se arrastra embadurnada de ideales nacionalsocialistas, o estalinistas, si así algunos de ustedes lo prefieren, aunque la cuestión resulta infantil: niños coloreando monigotes, unos de azul o negro y otros de rojo o azulgrana, pero con el mismo resultado: racismo, xenofobia, agresión y asesinato, de darse las condiciones apropiadas. Y este odio visceral se está desparramando por el Imperio catalán (quieren apoderarse de trozos de Aragón, Comunidad de Valencia, Islas Baleares y algo de Francia, porque son como todos los imperios, insaciables), insultado y humillado a los cargos públicos y a la población disidente. Es el retorno de la Batasuna vasca, el Bildu de hoy. La muchachada de la CUP, los de Arran, son las nuevas juventudes hitlerianas. La cacería no se ha cobrado ninguna vida, por el momento, pero sí desesperación, y temor, y pánico. Algunas de las víctimas de las batidas tendrán que dejar sus hogares porque el aire es ya irrespirable. Malditos nacionalismos místicos y sus ceremonias antropófagas en los altares sagrados.

Cataluña ha revertido en un escenario sin ley. La ley es incapaz de actuar con eficacia ante los innúmeros delitos que se están cometiendo. Mariano Rajoy está a la izquierda de Pedro Sánchez es este conflicto. Lo está llevando con una cautela y frialdad de la que fueron incapaces los gobiernos de la Segunda República. Quizá, incluso, en exceso cauteloso, en tanto en cuanto ha propiciado que la bola de nieve untada de evacuaciones haya crecido hasta donde ha crecido, y lo que le queda.

(En el siglo I d.C., Epicteto, el filósofo estoico frigio, escribió: «Para el animal racional le es solo insoportable lo irracional. Mas cada uno entiende a su modo lo de racional e irracional, y lo de útil e inútil. Por eso mayormente precisamos de educación, para aprender a aplicar la presunción de lo racional e irracional a los casos particulares en consonancia con la naturaleza»).

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