Cataluña. Los niños


Es sabido que los ejércitos no convencionales tienen por hábito reclutar a niños. En la guerra civil catalana (incruenta solo por ahora, porque los mossos, sus superiores y el mayor Trapero, dejaron a su suerte durante horas a un grupo de guardias civiles, obligados a encerrarse en la Consejería de Economía por hordas fanáticas), los guerrilleros que la iniciaron y sus adláteres han reclutado a sus hijos para que acosen con el verbo y los puños a los niños del otro bando, odiosos apóstatas. Está ocurriendo en las escuelas, y muchos de los profesores hacen la vista gorda (¿los jalean también?). Entre otros, hay un vocablo en el diccionario de la RAE que conviene consignar: espanto.

Junto a la inmersión lingüística -sintagma desafortunado y que, de revelarnos algo, nos revela el ahogamiento del castellano-, en los centros educativos catalanes de Primaria se fue inculcando a la tropa escolar, durante los últimos siete lustros, lo que los oficiales de los ejércitos no convencionales inculcan a sus pueriles, y que se acuna en la abominación hacia quien no comulga con sus postulados, políticos o religiosos. Esta cultura del Yo frente al Otro, del autodenominado Estado Catalán (Estado Islámico en su vertiente espiritual) frente al españolismo fascista (que les gusta decir), fue, es y será uno de los pilares de los sucesos de ayer, de hoy y de los que vendrán.

Los bebés y los niños pequeños suelen ser maravillosos, pero es entonces cuando nos atropella el interrogante: ¿por qué hay tanto adulto hijo de perro? Justamente por la educación que reciben en la familia y el colegio, y el sideralcapitalismo, por supuesto, y la muy humana tendencia genética a la idolatría. Un yihadista fue un bebé adorable. Así pues, en las vidas de esos seres angelicales aparece pronto y repentinamente El señor de las moscas (William Golding).

Ada Colau ha parido no hace mucho a un cachorro, al que educará, naturalmente, en los ideales nacionalsocialistas envueltos en la estelada, en comunión con su pareja, Adrián Alemany. Este sujeto ha sido contratado por Colau como asesor y portavoz del ayuntamiento de Barcelona, y como el sueldo lo paga el partido, los ingenuos militantes están colaborando en el incremento patrimonial de este dúo, que pasará al vástago: revolucionarios con pasta (así también, la Forcadell, en el cargo político que más gana en España, podrá llevar hasta bragas de oro, y discúlpenme por la grosería, que he visualizado el libro de Juan Marsé La muchacha de las bragas de oro). Alemany es el que organizó anteayer el encuentro entre Pablo Iglesias y Rufián para constituir un frente antidemocrático y establecer la dictadura del pueblo; y formando parte de ese pueblo, y desde sus miserias económicas, especialmente en relación con los emolumentos de estos neocapitalistas falaces de verbo viral, cientos de miles de individuos seguirán sus proclamas como alienados necesarios. Los Colau-Alemany, los Gabriel y Tardá, los Rufián y Junqueras, los Puigdemont y Forcadell, para acelerar La educación sentimental (Flaubert) del relevo generacional, tienen a su disposición, a la par, al maestro Luis Llach, que cada sonido que sale de su guitarra es una bala.

No nos sorprenderíamos tampoco de que la comandante en jefe de los guerrilleros urbanos, Ana Gabriel, esté distribuyendo una circular animando a los arios catalanes a copular para disponer de soldaditos en los centros educativos y, luego, soldadotes que se dejen la piel por su patria. Como en Euskadi. Pero estas dos líderes de la Shoah hispana, una a cara de perro (Gabriel) y otra agazapada y asomando de tanto en tanto la cabeza (Colau), se declaran de extrema izquierda. Sin embargo, no engañan, porque tanto monta (monta tanto) el nazi como el bolchevique.

En esta línea, Pablo Iglesias le ha arrancado a Ada Colau el antifaz con que cubría su rostro y pergeña una coalición que desborda el ámbito secesionista para proclamar una unión de todas las corrientes turboprogresistas. Y lo ha hecho a propósito de las detenciones de cargos de la Generalitat: «son presos políticos». Es inquietante cómo pervierte los hechos, porque no solo los presos políticos verdaderos están en las cárceles de su venerado Nicolás Maduro, sino que los arrestados en Barcelona lo fueron por una orden judicial ponderada, absolutamente justificada, y lo que se echa de menos es que no haya órdenes de detención de los promotores del golpe: todo el gobierno catalán, por firmar la sedición, y la presidenta y los cuatro vocales de la mesa del Parlament, que incendiaron la institución. Solo la prudencia de Rajoy, calamitoso hasta ahora en la cuestión catalana, explica que los calabozos que deberían ocupar estén vacíos.

En cuanto al otro grupo totalitario, ERC, la intervención de su portavoz en el Congreso de los diputados, Gabriel Rufián, al pedir a Rajoy que «sacara sus sucias manos de las instituciones catalanas», me trajo a la memoria las palabras de Charlton Heston en la película El planeta de los simios cuando le sujetó un chimpancé: «Quítame tus sucias manos de encima».

No habrá referéndum. Habrá kale borroka. Porque lo que no se esperaban la CUP, JXSí, ERC y PDECAT es que la Guardia Civil y la Policía Nacional aguantaran insultos y empellones sin responder. Porque esperaban hostias y pelotazos de goma que sacaran ojos, a imitación de los Mossos. Y como esto no estaba previsto, el acoso a las policías de Madrid será exponencial (la larga madrugada de anteayer fue el toque de corneta). Las calles serán tomadas por un torrente heterogéneo que irá desde los ultras patrióticos que echan espuma por la boca hasta universitarios que carecen de formación universal, sin olvidar a los antisistema, a los que no encuentran la identidad en ellos mismos, a las víctimas de las políticas laborales y sociales de la Generalitat y La Moncloa y a los imbéciles de toda época, que, en Asturias la Grandona, aprovechando que en Cataluña la ley está para incumplirla y mearse en ella, están reapareciendo y reivindicando su derecho a encerrarnos en los angostos valles y húmedos bosques de xanas y cuélebres, y en la llingua del balbuceo.

(Cuando la tinta de color de la bandera se inyecta en el torrente sanguíneo, el hombre, el único asesino en serie en la historia de la vida, se hace una foto de cómo es realmente su apariencia: el alien del filme del mismo nombre de Ridley Scott. El mal absoluto).

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