Dice Junqueras que es una buena persona que obra en conciencia para hacer lo mejor para los ciudadanos. El infierno está lleno de buenas intenciones. Cada persona tiene su conciencia, pero eso no le da derecho a obrar según su particular concepto del bien y del mal. ¿Cree acaso Junqueras que los demás políticos obran sin conciencia y en contra, o al margen, de los ciudadanos? El mesianismo está muy bien para montar sectas, pero no para gobernar. Y menos en democracia, que se sustenta en la máxima de que cada ciudadano tiene su conciencia y su particular interés, sin que los de uno tengan más valor que los de cualquier otro. Los peores episodios de la historia de España nacen precisamente de la pretensión de imponer unas conciencias, la de los buenos, sobre otras, las de todos los demás, los malos. El maniqueísmo es incompatible con la democracia y un mal que deberíamos enterrar en el basurero de la historia. Porque espanta pensar en las terribles tropelías perpetradas en nombre de la conciencia, en nombre de una idea, casi siempre utilizada para manipular. Como cuando Forcadell, pisoteando su función institucional, alienta a los detenidos diciéndoles que tienen un pueblo detrás y que Cataluña será lo que la gente quiera. Cataluña ya viene decidiendo desde hace cuatro décadas, votación a votación, lo que quiere ser. Cosa distinta es que haya quienes no les guste y quieran otra cosa. Tienen tanto derecho como los contrarios a defenderlo. Pero no a imponerlo por la fuerza ni saltándose las normas de formación de la voluntad política arrogándose la encarnación de un pueblo del que excluyen a la mitad de los ciudadanos, los que quieren lo contrario.

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