¿Es realmente posible y deseable la unidad de la izquierda?


En un brumoso día de noviembre de 1847, Friedrich Engels y Karl Marx, transitaban por el Soho londinense en dirección a su destino, el pub Red Lion, sito en el 20 Great Windmill Street. Este establecimiento, sede de la Unión por la Educación de los Trabajadores Alemanes, era, en realidad, la tapadera legal de la Liga de los Comunistas, uno de los numerosos grupúsculos políticos que, por aquel entonces, proliferaban en el Londres victoriano. Aunque no eran conscientes de ello, lo cierto es que ambos, el hijo díscolo de un muy calvinista empresario textil de Wuppertal y el vástago de una familia pequeño burguesa de origen judío (el apellido originario de Marx era Mordecai), estaban a punto de cambiar, para siempre, la historia del pensamiento político universal. En un momento dado, Marx leyó el borrador de un documento, en el que tanto Engels como él, se declaraban a favor de, «derrocar la burguesía y abolir la propiedad privada». Tras el refrendo por parte de los asistentes, todos miembros de la Liga (una mezcolanza de socialistas, anarquistas y cartistas, en su mayor parte exiliados centroeuropeos), Engels propuso titular el citado panfleto como «el Manifiesto Comunista», y este momento ha sido considerado, por la mayoría de los historiadores políticos, como el punto de partida o, al menos, la puesta de largo, de la doctrina marxista.

No fue hasta el año 1920, tras el I Congreso Mundial de la III Internacional celebrado en Petrogrado, cuando la izquierda política surgida del pensamiento político y del cuerpo doctrinal marxista, se dividió en dos familias (socialista o socialdemócrata y comunista), irreconciliables desde un primer momento. A partir de entonces y en estos casi 100 años transcurridos, todos los que militamos en la izquierda no hemos dejado de oír hablar,  como si de un mantra se tratara, de esa utópica unidad de la izquierda. Cierto es que, tras el colapso de los regímenes del llamado «socialismo real», la izquierda de origen comunista en Europa fue perdiendo pie paulatinamente, y hoy en día, son prácticamente inexistentes en el viejo continente los partidos que se definen a si mismos como comunistas. Parecía claro, pues, que la tan cacareada unidad de la izquierda, en realidad una unidad meramente estratégica y electoral, sólo podría fraguarse en torno a un gran partido, que en toda la Europa occidental, era un partido socialdemócrata, interclasista, moderado. En nuestro país la cosa fue así hasta hace menos de un lustro. Así, a partir de la restauración democrática, la hegemonía de la izquierda estuvo en manos de un gran partido socialdemócrata, totalmente homologable a los grandes partidos socialdemócratas europeos, como es el PSOE, el cual recurría, en ocasiones, a pactos o acuerdos puntuales, especialmente en los ámbitos local y autonómico, con la otra fuerza de la izquierda (el PCE en un momento inicial y posteriormente IU). Sin embargo, la irrupción en nuestro panorama político de una fuerza como Podemos, divide a la izquierda por la mitad, en dos partes prácticamente iguales. Realmente, es difícil conocer cuál es el verdadero «alma» de una formación como Podemos, la cual parece beber de varias fuentes. Así, en un primer momento, parecían coexistir en su seno, una línea que podríamos denominar «laclauliana», más populista, asamblearia y transversal, que pretendía llegar a todos esos colectivos sociales que eclosionaron con ocasión de las movilizaciones del 15M, junto con otra mucho más dogmática, de raíces leninistas y que fue la que, aparentemente, se impuso en el congreso de Vistalegre II.  Así pues, actualmente, dicha organización política parece ir,  poco a poco, adoptando las maneras de un partido de izquierdas tradicional, haciendo gala de un monolitismo de raíces bolcheviques y con ese discurso, tan propio de los partidos comunistas de antaño, consistente en mantener que los partidos socialistas o socialdemócratas, no son verdaderos partidos de izquierda, y por lo tanto, lejos de llegar a  algún tipo de componenda con los mismos, el único objetivo plausible debe ser el de desenmascararlos, combatirlos y apropiarse de su bases electorales, pasando a ser la verdadera y «autentica» fuerza hegemónica de la izquierda. (En este sentido, no hay más que oír el discurso de los representantes de la formación morada en la Junta General del Principado y su manifiesta hostilidad hacia la Federación Socialista Asturiana).

Por ello, a la vista de lo acontecido en este país y especialmente en nuestra comunidad autónoma en estos últimos años, no estaría de más preguntarse, si tiene algún sentido seguir persiguiendo el «santo grial» de la sacrosanta unidad de la izquierda, máxime teniendo en cuenta, la poca confianza que nos merecen quienes la proponen y la escasa credibilidad real de esa propuesta; todo ello, siendo conscientes, eso sí, de que, con el panorama político actual, es poco probable que cualquiera de las dos formaciones, por separado, sean capaces de desalojar a la derecha de la Moncloa. Difícil jeroglífico éste, que parece exigir una altura de miras y una gran capacidad política por parte de los líderes y máximos representantes de ambas organizaciones. Veremos.

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