¡Fuera el miedo! ¡Esto es sedición!

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Cuando el portavoz del Gobierno Méndez de Vigo califica los hechos de Barcelona como tumultuarios no improvisa. De momento coincide con el adjetivo utilizado por la Fiscalía de la Audiencia Nacional, lo cual no creo que sea una casualidad. No lo creo porque ministerio público y Gobierno están en línea con lo que dice el artículo 544 del Código Penal cuando define el delito de sedición: «Son reos de sedición los que, sin estar comprendidos en el delito de rebelión, se alcen pública y tumultuariamente (...) para impedir la aplicación de las leyes...». Según el Código, serían reos de sedición quienes han convocado esas protestas o quienes las hayan alentado, como la presidenta del Parlamento catalán ante el Tribunal Superior de Justicia. Y posiblemente los dirigentes de la Asamblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural. Si se demostrase que han sido los motores de los tumultos, no diré que no hay duda del delito, pero sí plena coincidencia con lo previsto por la ley. Y la Fiscalía no se anda con bromas: si hay coincidencia, hay querella. Solo falta ponerle nombres.

De esta forma, los dos trenes que avanzan hacia el choque ponen las máquinas a toda potencia. Los supuestamente sediciosos multiplican su agitación: remueven centros escolares, paralizan universidades con el beneplácito de las autoridades académicas, utilizan a niños y adolescentes, llevan la presión sobre la Justicia de Barcelona a Hospitalet, cercan a la Guardia Civil y a la Policía Nacional, inician una campaña contra el Espanyol, asedian a los pobres padres de Albert Rivera y a todo aquello que no sea independentista... Y el Estado, paralelamente, aumenta el nivel de las acciones legales. Si fuesen procesados todos los personajes, políticos o no, que hoy son investigados, se estaría abriendo una causa general contra el independentismo. Si, además, fuesen condenados, no sé lo que ocurriría, porque la mística de la causa de la supuesta república catalana conduce a los líderes a la épica del heroísmo y el martirio. Eso no pasaba en el País Vasco cuando se ilegalizó Batasuna o cuando se encarceló a Arnaldo Otegi.

Así termina la semana que por ahora fue más tensa: la semana de la agitación en la calle; de la calle en la que confían Puigdemont y Junqueras para sustituir a los votos en la consulta del día 1; la calle y sus manifestantes que visita Oriol Junqueras como un rey antiguo descorbatado y sin corona, que acude a dar aliento a sus mesnadas ante la fortaleza que quieren asaltar... Parece que estoy escribiendo una ficción literaria, ¿verdad? Pues no lo es. Es, sigue siendo, un pequeño anticipo de lo que se avecina si, como teme Albert Rivera, esos liantes acaban proclamando la independencia unilateral.

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