Franco burla de nuevo a la justicia


No es casualidad que, durante muchos años, los mejores narradores de la tremenda historia reciente de España fueran británicos. Después de la Guerra Civil, la dictadura de un fósil decimonónico, un enano mental con las manos manchadas de sangre hasta el hombro, impidió la investigación. Muerta la alimaña, con la excusa más o menos urgente de pasar página, los frágiles gobiernos de la transición desenfocan la vista. Más tarde, las que se desentienden son una izquierda acobardada o negligente y una derecha muy poco interesada en que se conociera el pasado, no fuera a ser que salieran a relucir las responsabilidades de lustrosos apellidos.

Con buena intención pero escasa documentación, Podemos ha intentado ahora llevar adelante en la Junta una ley de reparación a las víctimas del franquismo, pero la iniciativa ha muerto en la playa: los juristas dicen, tal vez con sentido común, si tal cosa existen en el derecho, que no se puede aplicar retroactivamente la Constitución actual. Es decir, llevar la cordura a una época salvaje en la que la ley era una comedia. Ni anular condenas de tribunales que tenían, más que el visto bueno, la patente de corso entusiasta del gobierno de Franco. Por mucho que nos pese y que suene absurdo, eran tribunales legales. Legales en sus términos, sí, pero inmorales e injustos. Antes sería necesario invalidarlos y por tanto desarmar toda la actividad jurídica de esos años, algo virtualmente imposible.

Es vergonzoso en términos absolutos que, como ha publicado este periódico hace poco, la investigación sobre las víctimas del franquismo dejara de tener financiación en 2011 y que el Principado haya concedido para ese fin la ofensiva cantidad de 25.000 miserables euros. No es una cuestión de crisis económica, sino de valores: Esto es lo que valen para un gobierno del PSOE las 343 fosas comunes localizadas de víctimas de la guerra y la represión en Asturias, la mitad del coste de un coche oficial. No hay adjetivos suficientemente afilados, no hay palabras con la dureza que merece este desprecio a los familiares de los muertos, incluso de los propios. Quizá no podemos derrotar a los tribunales franquistas, pero sin duda sí podemos revolcar los mitos franquistas y a sus secuaces recuperando la historia; esto es lo que de verdad cerraría las heridas, y no el vergonzoso olvido.

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