Puigdemont, un líder al desnudo


La entrevista de Évole a Puigdemont tuvo el valor de desnudar al personaje. Lo mostró con un vacío de pensamiento y de coherencia política que, francamente, no esperábamos de un hombre que aspira a fundar una nueva República dentro de la Unión Europea. No sabía contestar las repreguntas del periodista. No supo explicar por qué había votado en contra del referendo de autodeterminación de Kurdistán y del Sáhara. No supo definir su programa más allá del 1 de octubre. Aprendió un centenar de frases sobre la consulta, sobre la opresión del Estado español, sobre los derechos pisoteados y algunos otros tópicos, y sobre ellos monta un discurso muy efectista en los mítines, pero sin valor intelectual ni político. Se confirmó que hay personajes públicos que se destruyen con una sola arma: dejarles hablar. Puigdemont es uno de ellos y lo digo con pesar, porque ¡pobre pueblo el que se deja conducir por alguien que no sabe a dónde va ni sabe justificar su rumbo!

Por eso, cuando el Fiscal General del Estado le declaró a Carlos Alsina que está abierta la posibilidad de detener a Carles Puigdemont, daban ganas de enviarle un mensaje de imitación de las palabras de Cristo en la Cruz: «Perdónale, Señor, porque no sabe lo que hace». No, no lo sabe. El caudillo catalán hizo más méritos que nadie para recibir avisos de la fiscalía. Un ciudadano corriente que hubiera desobedecido la décima parte al Tribunal Constitucional simplemente con las webs de los colegios electorales, que hubiese maniobrado la cuarta parte contra el Estado y sus leyes, que hubiese sido responsable de la mitad de las acciones de rebeldía de su gobierno, habría sido llamado por lo menos a declarar. Pero a la Fiscalía no le pareció oportuno hacerlo y debe tener razones muy serias para estarse quieta. Entre otras, probablemente, no incendiar más una calle ya incendiada.

Y además, ¿se conseguiría algo? Menos, desde luego, que con las sanciones económicas, que son las únicas que entienden, como se demostró con la Sindicatura Electoral, disuelta cuando sus miembros fueron multados con 12.000 euros diarios, o como aclaró el conseller que declaró no tener miedo a la cárcel, pero «que no me toquen el patrimonio». Puigdemont puede no tener una idea clara de su misión como gobernante, pero la corona de gloria que busca es ser un mártir de la causa. Por eso declaró alguna vez que no le importaría que lo metieran en la cárcel. La cárcel da mucha gloria. Te pueden rendir homenajes en cada Diada. Te pueden dedicar calles en los ayuntamientos rebeldes. Y puedes entrar en el imaginario de los mitos nacionalistas. No ocurrirá, espero. Pero es una hipótesis para ayudar a entender un momento y a un protagonista tan singular.

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