Romeva, la represión y la independencia exprés


De todos los personajes del carrusel catalán hay uno especialmente singular, al que tengo dudas de si sería justo llamarle tenebroso. Se llama Raül Romeva, fue sorprendente cabeza de lista de Junts pel Sí y, como sabe idiomas, Puigdemont lo designó consejero de Exteriores. Ahora va por el mundo presentándose como «ministro de Asuntos Exteriores de Cataluña». Viaja mucho, inauguró embajadas, preparó viajes de sus jefes, tuvo presupuesto para invitar a corresponsales y su esforzadísimo trabajo ha sido compensado por un éxito manifiestamente mejorable: ni logró que sus superiores fueran recibidos nunca por ningún miembro de ningún gobierno, ni consiguió que ningún Estado respaldara el proceso de desconexión. Ninguno, oigan. Es difícil presentar un balance peor en alguien que no tuvo otra cosa que hacer.

Sin embargo, ahí lo tienen: sigue ejerciendo, sigue haciendo su meritoria labor de apóstol de la independencia, sigue disponiendo de recursos para embajadas y sigue realizando una gran tarea propagandística del referendo y demás delitos. Ahora acaba de estar en Bruselas, se reunió con eso que llaman «prensa internacional» y dejó tres estelas de categoría. La primera es que sigue el modelo de ETA al tratar de internacionalizar el conflicto de Cataluña porque «no es un asunto doméstico», sino europeo. Romeva representa la megalomanía del nacionalismo, que terminará por llevar su caso a la ONU y, como Pablo Iglesias habla de «escenarios prebélicos», pronto pedirán la mediación de la OTAN.

La segunda es que anuncia que la independencia se proclamará en 48 horas, una vez contado el del referendo. Es decir, que la madrugada del miércoles tendríamos ya República catalana, sin importar que haya surgido de algo ilegal, de una consulta falsa y de una falta de garantías como pocas veces se ha visto en la historia. Pues bien: esa forma de pensar y ese proyecto no está solo en la cabeza de Romeva; está en el imaginario de casi todos sus compañeros de gobierno y de toda esa buena gente que se manifiesta en la calle y se niega a saber que está siendo engañada y manipulada.

Y la tercera, la disyuntiva que dibujó ante los periodistas: «O votar o aceptar la represión». Atención, generaciones futuras: este señor se siente reprimido en la España democrática del 2017. Este señor va por el mundo diciendo que España es un Estado autoritario y represor en línea con los Pablos Iglesias que afirman que aquí hay presos políticos. Este señor gobierna, forma parte de una institución que representa a ese Estado en su territorio y ese Estado tolera sus mentiras y el daño que con ellas hace a este país. Ningún otro Estado se lo permitiría, y él lo sabe. Pero España es un Estado opresor.

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