El secesionismo, bajo palio

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Las empresas son como los seres vivos: nacen, crecen, se reproducen y mueren. Pero hay una excepción a esta cruda ley económica. Un proyecto ambicioso y de carácter multinacional que ha sobrevivido a las formas más hostiles de competencia y a toda clase de procesos de fusión y escisión. Tiene más de dos mil años de vida y su fiel clientela atribuye su resistencia milenaria a que no es una obra humana, sino divina, y por lo tanto blindada contra las hecatombes.

Sin entrar en el delicado espacio de lo espiritual -doctores tiene la Santa Madre-, habrá que reconocer que el éxito de la organización terrenal de la Iglesia católica se debe sin duda a una estructura fuertemente jerarquizada con un líder al mando, el papa, no ya indiscutible, sino directamente infalible, con contrato vitalicio y al que sus empleados deben obediencia sin rechistar. El sueño de cualquier consejero delegado.

Pero, como en una humilde multinacional humana, los problemas surgen cuando uno se pone a deslocalizar la empresa. Porque Solsona queda muy lejos de Roma y al delegado territorial de la compañía, un tal Xavier Novell, obispo de la sede, lo que le importa no es el discurso oficial de la Iglesia, que se supone único, sino atraer a más devotos a sus parroquias y así cumplir a final de año con los objetivos presupuestados de comuniones, bodas, funerales y bautizos. Y si para llenar de clientela sus capillas hay que arengar a los feligreses a que voten el domingo en un referendo ilegal, sin garantías y que amenaza con quebrar el orden constitucional y democrático, pues no pasa nada, que ya vendrán luego las dispensas papales a borrar esos pecadillos.

Pero Xavier Novell no clama en el desierto. Porque la derecha nacionalista catalana es santurrona, gazmoña y beata desde su misma fundación. Los Pujol podían olvidar sus obligaciones fiscales, pero jamás dejarían de cumplir con la misa dominical, a la que también acude sin falta el devoto izquierdista de diseño Oriol Junqueras. Célebres son ya las monjas secesionistas que han mimado el procés desde su más tierna infancia. Hace solo unos días 300 curas catalanes llamaron a sus parroquianos a participar en el 1-O, y los abades de Montserrat y Poblet no se cortaron al reclamar «respeto a los derechos de nuestro pueblo». Frente a esa clara intromisión del clero en el territorio civil, lo único que logró la Conferencia Episcopal de Blázquez fue balbucir un comunicado en el que ofrecía «oraciones» y una calculada tibieza entre «las diferentes Administraciones». ¿Tanto costaba decir algo así: «Creemos que las leyes de nuestro Estado de derecho, que es libre y democrático, nos obligan a todos y que cualquier demanda debe ir por el cauce legal»?

Una incoherencia asombrosa en la casa de la infalibilidad y la obediencia debida. Para que cada uno diga lo que le dé la gana y proponga soluciones contradictorias no necesitamos que venga la Iglesia católica con sus dos mil años de historia. Para eso ya tenemos a Podemos y sus confluencias.

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