La gran farsa


Hemos llegado al día soñado por los independentistas. Un sueño convertido en pesadilla. Porque hoy no habrá referendo. No porque sea ilegal, ilegítimo y antidemocrático, que lo es. Sino porque, sencillamente, no es un referendo. Es solo un fraude, una pantomima, una gran farsa. Todo es un tremendo esperpento que incitaría a la burla si no fuera por sus graves consecuencias. El proceso secesionista no ha sido otra cosa que una permanente huida hacia adelante de un partido, Convergència, en caída libre por la corrupción y su incapacidad política, que se cambió el nombre para desentenderse de su pasado y que se enganchó a la estelada para intentar remontar el vuelo. Y como Thelma y Louise, atrapado en su locura, de error en error se ha conducido hasta el abismo. Pero, a diferencia de las heroínas de Ridley Scott, que estaban solas, en este caso nos han arrastrado a todos hasta el precipicio.

Y lo han hecho incorporando por el camino a una amalgama de independentistas convencidos, los menos; de desencantados con la situación política, que han encontrado en el cuento independentista un horizonte de ilusión con el que tapar las miserias del día a día, aunque al final no sea más que un relato ilusorio; de resentidos con el mundo que en realidad lo único que buscan es cuanto peor mejor para alimentar su vana e ingenua esperanza de acabar con el sistema; y de oportunistas que se han sumado al carro con la única intención de crecer políticamente después sobre las cenizas de un fuego que ellos mismos han contribuido a avivar con la misma indecente irresponsabilidad con la que lo agitan todo.

Este esperpento ha sido posible por la indecencia de unos políticos con reminiscencias totalitarias que se creen que pueden pisotear la ley para intentar conseguir sus propósitos. Pero también por la debilidad política del partido en el Gobierno. La corrupción y su corrosiva política, tanto su belicosidad cuando estuvo en la oposición como su rodillo desde el poder, han minado de tal manera su credibilidad que facilita que cualquier relato alternativo triunfe y se asiente con suma facilidad. Un partido que gobierna por ser el más votado, sí, pero también por la incapacidad absoluta de la oposición para entenderse, reflejo fiel de un país fracturado, reflejo, a su vez, de una crisis de Estado al que le crecen los conflictos como al perro flaco las pulgas. España necesita una regeneración real, una renovación profunda. Pero para tejer ese nuevo cesto quizás hagan falta otros mimbres.

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