Rajoy cayó en la trampa


El Gobierno ha caído en la trampa. Presumía Rajoy, ingenuamente, que Puigdemont buscaba, al grito de «¡Votarem!», una afluencia masiva a las urnas y un aluvión de síes que justificase la proclamación de la república catalana independiente. Se equivocó de plano, picó en el anzuelo y le proporcionó a los secesionistas catalanes exactamente lo que estos deseaban: cabezas ensangrentadas, contusionados a porrillo y policías lesionados, histeria y lipotimias, el Barça a puerta cerrada -«para que vean cómo sufrimos en Catalunya», dijo Bartomeu-, la demoledora imagen del Estado represor en las televisiones de medio mundo y, por contraste, el seny humanitario de los Mossos. Al independentismo solo le faltó, para que su victoria fuese completa, algún mártir.

Si el referendo, además de ilegal y sin las mínimas garantías democráticas, era una farsa, un esperpento, un simulacro de votación, ¿qué hacía esa legión de policías, porra en ristre, requisando táperes chinos, papel de impresora y bolígrafos que hacían las veces de sistema informático? Si la consulta ya había sido desactivada días antes y todos sabíamos que el 1-O nos esperaba, en lugar de un referendo, una amplia movilización independentista, ¿a qué viene ese desmesurado uso de la fuerza? ¿Por qué no se hizo lo mismo, puestos a ello, también en la Diada? ¿Por qué ayer sí y en el 2014 no?

Pongamos que ayer dejásemos tranquilo a Puigdemont con su mascarada y a los Mossos enfrentados a su responsabilidad de cerrar los colegios por mandato de la justicia. El resultado siempre sería menos malo para quienes defendemos la unidad de una España plurinacional y quienes creemos que la solución del conflicto catalán -si aún la tiene- pasa necesariamente por una convocatoria electoral, mesa de negociaciones y, probablemente, una reforma constitucional.

Tampoco descubro el Mediterráneo, algo que ya hizo Serrat con su canción y sus declaraciones en Chile. Hace días, el presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, lo dejó claro: el referendo es ilegítimo e ilegal, pero Rajoy debe empezar el lunes -o sea, hoy- a hablar de política con Cataluña. No solo de fiscales, de jueces y de policía. No solo del imperio de la ley, esa manida expresión que a veces se confunde con la ley del imperio.

Habrá que volver a reconstruir los puentes, pero nos hemos quedado sin ingenieros, porque sería descabellado encargar de la tarea a quienes los destruyeron. La idea de que Puigdemont, después de hacer de la ley mangas y capirotes, pueda ser habilitado como interlocutor repele a toda conciencia democrática. Que Rajoy, fabricante de independentistas desde su cruzada contra el Estatut en el 2006, se reconvierta en el hombre de la mano tendida suena a cruel ironía. Porque, díganme, ¿cuántos soberanistas creó el presidente con su gestión del 1-O?

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