La difícil, casi imposible, gestión de la crisis


Lo he escrito en libros y en este diario multitud de veces: el fallo del Estado o de los sucesivos gobiernos del PSOE y del PP ante el problema catalán ha sido no actuar cuando era un clamor el desafecto de Cataluña hacia España. Que ese desafecto existía y estaba creciendo era conocido por esos partidos. Hay centenares de testimonios que venían avisando de que el problema territorial era Cataluña, y no el País Vasco. Y no se hizo nada. No se intentó el diálogo cuando era posible. Se siguieron descuidando las inversiones. No hubo gestos de afecto que, al menos, hicieran menos antipáticos a los sucesivos Gobiernos. El Estado se fue diluyendo en Cataluña hasta desaparecer en amplias zonas de su territorio.

Eso hizo que ocurriera lo que ocurrió: el independentismo fue creciendo de forma ostensible. Hace un quinquenio no pasaba del 25 el porcentaje de ciudadanos que querían la independencia. Hoy supera el 45 por ciento y llegó estar en el 48, aunque con una levísima (solo de unas décimas) tendencia a la baja. Se discute qué política de qué presidente fabricó más independentistas. Por no haber, no hubo ni una frase capaz de contrarrestar los pérfidos efectos del «España nos roba». No hubo ni una acción capaz de combatir el eficaz victimismo de los separatistas. Y la «operación diálogo» que intentó la vicepresidenta Sáenz de Santamaría fue un nobilísimo intento, pero sin resultados. Quizá porque era demasiado tarde.

Ahora, los motores de la llamada república catalana están crecidos. No hay más que ver las condiciones que Puigdemont trata de imponer en el supuesto de que Rajoy le llame a negociar: la humillación de la retirada de las fuerzas de seguridad del Estado desplazadas ante el 1-O y la mayor humillación todavía de reclamar mediadores internacionales en un supuesto diálogo entre el Gobierno de la nación y una comunidad autónoma, como si Cataluña fuese ya un Estado soberano. Es una forma de hacer imposible cualquier negociación.

En estas condiciones empieza la gestión del posreferendo. Con varios agravantes: las ansias de soberanía se mezclan con el ingrediente de castigar a Mariano Rajoy, con el aguijón de Podemos y cierta complacencia del PSOE; las propuestas de Íñigo Urkullu de reformular el Estado autonómico, con inclusión del derecho de autodeterminación, que ninguna democracia occidental acepta; la descalificación de Puigdemont y Junqueras como interlocutores por el portavoz del Gobierno…

¿Hay quien lo ponga peor? Difícilmente. Solo se puede esperar una cosa: que, precisamente por estar tan mal, no quede más remedio que encontrar una solución. Eso es lo que tenemos derecho a esperar del señor Rajoy. De los demás, me temo que esperar es desesperar.

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