Que vengan otros bomberos


Bueno, pues ya estamos donde nunca creímos estar. A unas horas de que Cataluña declare su independencia; con un Gobierno agazapado; con un presidente desaparecido, sin ideas e instalado como siempre, en la pereza; con la sociedad fracturada; con las calles catalanas encendidas y con la comunidad internacional censurando el uso de la fuerza en la jornada del domingo, la prensa hablando del «día de la vergüenza» y la Comisión Europea recordándonos que «la violencia nunca puede ser un instrumento político».

Y una vez llegados aquí nos quedan dos incógnitas. ¿Cómo arreglamos los profundos desgarros? Y, sobre todo, ¿quién los arregla? Porque no aguardaremos que los mismos que lo destrozaron nos los solucionen. No pondremos la solución a este desaguisado en manos de Rajoy, empecinado durante cinco años en no moverse, lo que algún día tendrán que agradecerle los independentistas con un homenaje multitudinario, o en las de Puigdemont, que ya conocemos lo convencido que está de lo que hace aunque en ello le vaya la vida. Solo pueden empeorarlo.

En su fuero interno, Rajoy debe sentirse avergonzado y frustrado. Sabiendo que lo han abandonado hasta quienes se creyeron que no habría votación porque «no tienen papeletas», como afirmó ante el gran líder del mundo mundial en Washington. Ha fracasado estrepitosamente en su estrategia de frenar el independentismo y ha mentido, una vez más, al asegurarle al país que no habría votación.

No midió las fuerzas de su adversario y no se mostró como un estadista. Mientras, Puigdemont, que por ahora gana por goleada, no es consciente de la carrera que lleva a ninguna parte.

Por eso lo difícil empieza ahora, cuando hay que echar a andar porque el incendio está a punto de descontrolarse. Y sofocarlo no está en las manos de quienes lo iniciaron y atizaron. Porque si se lo dejamos a ellos, puede que no se apague hasta el día del fin del mundo. Son incapaces e insensatos.

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