El día del precipicio

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Con parte de la Cataluña política en rebeldía, no ganamos para jornadas históricas. Cuando no es por la aprobación de una ley, es por su anulación por el Constitucional. Cuando no es por un referendo, es por las condiciones legales (ilegales) en que se celebró. Cuando no es por la declaración del rey, es por una manifestación que cambió el signo de las concentraciones en Barcelona. Y hoy viene otra jornada histórica: le dará ese carácter (o no) el señor Puigdemont, si se decide a proclamar la independencia de Cataluña en cualquiera de las fórmulas previstas. Puede ser una proclamación retórica, sin consecuencias directas; una declaración a la eslovena, con aplazamiento de efectos a seis meses vista; una declaración seguida de convocatoria de elecciones constituyentes o la declaración que exige la CUP, radical, sin plazos ni contemplaciones, toda una sublevación contra el Estado.

Con esas posibilidades abiertas, no tengan ustedes muchas dudas: Puigdemont elegirá la peor, si es que alguna es menos mala. Y las peores son la eslovena, porque obligaría al Gobierno a aplicar el 155, pero con duración imprevisible, y la de elecciones, porque será fatal para el constitucionalismo aplicar el 155, pero tener que ir a las urnas con la autonomía suspendida de hecho; es decir, con el victimismo enardecido y con un discurso nacionalista demagógico contra el Estado y contra Rajoy, con lo cual se juntarían dos aversiones peligrosas para unas urnas llamadas a ser cargadas por el diablo. De diálogo ni hablamos.

Cualquier mentalidad medianamente lógica y con un mínimo sentido común le tendría que decir a Puigdemont: señor presidente, haga usted caso a Borrell y no lleve a su pueblo al precipicio. No lo condene a la ruina que anuncia la estampida de empresas. Haga usted caso a Francia, que nunca reconocerá el Estado catalán. Piense en lo que significa quedarse fuera del euro, de la Unión Europea y de sus instituciones. Abandone esos comportamientos propios de dictadores que anulan leyes democráticas para hacer leyes que solo benefician a sus intereses y a su ideología. Reconozca que la manifestación del domingo ha sido una protesta contra su política y había madrileños, pero había sobre todo catalanes horrorizados ante el destino que usted les prepara.

Eso es lo que dice la lógica y el seny invocado en la manifestación del domingo. Pero eso ya no cuenta. Lo que cuenta es una CUP que increíblemente reclama un corralito para financiar la nueva república. Lo que cuenta es ese Rufián que niega que los manifestantes sean catalanes. Y lo que cuenta es el desenfreno, la incapacidad mental para dar marcha atrás y reconocer la realidad. Lo que cuenta es el fundamentalismo.

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