Roma no paga a traidores


El 2002, Artur Mas veía «el concepto de indepedencia anticuado y oxidado». Ahora los secesionistas lo sacan en procesión como si fuera el primer mártir del procés.

La noche electoral de las autonómicas catalanas, en el 2015, Antonio Baños, entonces cabeza de lista de la CUP, dijo: «No hemos ganado el plebiscito, no hay DUI, ya está». Hoy Baños es portavoz de Súmate, la entidad soberanista de castellanohablantes nacida bajo el ala de Esquerra.

Jordi Sánchez no era el preferido por los socios en las elecciones a la presidencia de la Asamblea Nacional Catalana. Pero ocurre que en la ANC, esa universidad oficiosa de la democracia, es la cúpula la que selecciona al líder. Sánchez ganó por 50 votos frente a los 24 de su rival. Sin embargo, pontifica como si fuera un cargo público electo o un referente moral. Al menos Jordi Cuixart consiguió más apoyos para convertirse en el máximo dirigente de Òmnium. Fueron 5.450 votos. Si se suman, los Jordis mandan en el Gobierno catalán con 5.500.

Todos se han ido sumando a la causa del procés, que es como una especie de Madrid 2020, un negocio que surfea alegremente sobre la ilusión de la gente. Sonría y tómese un relaxing cup of café con leche en la plaza Reial. Con estos mimbres se ha confeccionado este cesto del sí pero no, en el que la parte es el todo y la indepedencia dura un segundo.

Dicen que Carles Puigdemont siempre ha sido independentista. No deja de ser irónico. Ya lo dijo la cupera Mireia Boya: «Roma no paga a traidores». Ahora le toca a Puigdemont llevar sobre sus hombros la palabra botifler. Quizás sigan siendo invisibles para él esos catalanes que no piensan lo mismo. Pero intuirá cómo se sienten.

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