El bosque


Cuentan que durante el reinado del emperador Nerón, en la Antigua Roma, alguien tuvo la idea de obligar a que los esclavos lucieran uniforme, todos el mismo. La propuesta fue rechazada, como no podía ser de otra manera, pues de haberse puesto en marcha, los esclavos serían plenamente conscientes de que eran muchos, algunos dicen que hasta un 20% de la población, lo que podría haber puesto en peligro a Roma y sus clases dirigentes.

En la actualidad, nadie tiene muy claro lo que es, y nadie quiere ser pobre, aunque lo sea, pues ser pobre es una de las peores cosas que te pueden suceder, incluso peor que morir, pues los muertos no comen. Vivimos tiempos en los que tu cuñado puede llamarse a sí mismo CEO del bar de la esquina, el que huele a fritanga. Para buena parte de la izquierda, el debate sobre la situación de los trabajadores españoles ha pasado a un segundo o tercer plano, siendo generosos. En su lugar, ha sido suplantado por políticas identitarias en un lado y quienes apoyan a los que hacen esa política en el otro. Así es muy fácil perder y hasta perderse en el inmenso y caprichoso bosque de las identidades nacionales, un lugar oscuro y siniestro, donde las copas de los árboles del nacionalismo centrífugo no te dejan ver el sol.

Estos debates sobre hechos diferenciales y esta vorágine de naderías y palabras huecas están escondiendo una fea realidad bajo la alfombra. Estos días he visto trabajadores del sector de la construcción desayunando en el bar de un polígono mientras miran la televisión. Rostros curtidos por las horas al sol, como piezas de cuero extendidas sobre el blanco de los ojos, como dos islas en un mar oscuro, miraban a los protagonistas de nuestras vidas enfrascados en la diferencia, empeñados en la visión centrífuga del nacionalismo que es como el bálsamo de Fierabrás, que lo cura todo, el paro y la gastroenteritis y el machismo, los esguinces de tobillo y las hernias discales. Se me hace muy difícil culparles cuando sueltan un insulto grosero y desagradable hacia la pantalla. Es normal.

Dejarte la espalda, las manos, las piernas y hasta los ojos en algunos trabajos da para mucho odio, créanme. Cocerte en tu propio sudor diez horas diarias para terminar viendo un espectáculo como el que estamos sufriendo es desalentador. Lo cierto es que ni las políticas identitarias ni el etnicismo o el orgullo nacional levantan a un país. Son las manos de los rostros marchitos del albañil o la fontanera quienes lo hacen.

Hay un uniforme que desde arriba todos están dispuestos a ofrecerte, el de la identidad nacional. Es la mejor manera de no verte reflejado en su enemigo, de sentirte mejor y más especial, eso que algunos llaman diferente, que no es más que la forma bastarda de hacerte exactamente igual que los demás dentro de una frontera. Quizá los involuntariamente cómicos «independentistas internacionalistas» saben que en la época de Nerón, se rechazó vestir a los parias de lo que realmente eran, aunque lo más probable es que lo ignoren por completo. Y en esas estamos, casi cuatro millones de parados que compartimos a lo largo de todo este insignificante trozo de Europa, y una izquierda suicida perdida en el bosque y extrañándose de que el obrero vote a la derecha. Hoy, la única esperanza del trabajador es sudar, ya ven.

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